Cuarenta años de fracaso

Un momento de la representación de '40 años de paz'. :: /
Un momento de la representación de '40 años de paz'. ::

La obra regresó a la sala Russafa como cierre de su ciclo de Compañías Nacionales

JOSÉ VICENTE PEIRÓ

Representada con éxito por primera vez en Valencia en Las Naves durante el pasado festival Tercera Setmana, '40 años de paz' regresó a la sala Russafa como cierre de su magnífico ciclo anual de Compañías Nacionales, más que necesario para conocer producciones de otros lugares de España, lo que ayuda a evitar la endogamia local. Por él han pasado montajes atractivos, entre otros, de la pieza clave del teatro del absurdo 'Esperando a Godot' de Beckett lleno de vigencia, a cargo de La Nuca de Murcia, 'Anna Karenina' de Versus de Barcelona o un curioso 'Mozart vs. Salieri' de Impredibles de Sevilla, que juega con un duelo de ambos músicos en el limbo.

'40 años de paz', candidata a cuatro premios Max, es la historia de la familia de un militar franquista, Enrique García Morato, cuyo nombre coincide con el de un general de aviación de la guerra civil, que fallece ahogado en la piscina de su casa el día del golpe de estado del 23 de febrero de 1981 feliz al creer que la sublevación ha triunfado. Glosando irónicamente el título de un lema del régimen, '25 años de paz', Pablo Remón construye a fragmentos la vida de la esposa y los tres hijos durante los últimos cuarenta años desde la muerte de Franco en 1975. Suena inevitablemente a la película 'El desencanto' de Jaime Chávarri.

Sin discursos políticos o intencionales y con imaginación, la obra recorre la individualidad íntima de cinco seres distintos a pesar de su consanguinidad. Su denominador común es la caída en el fracaso cuando el número cuarenta les ronda. Un hijo mayor, Ricardo (eficaz Francisco Reyes, también como padre), abogado triunfador movido por el dinero y capaz de pisar a cualquiera, cuya empresa debe cuarenta millones; una hija actriz fracasada, Natalia (sobria Ana Alonso), con la frustración de no tener descendencia al cumplir cuarenta años; y un hijo menor poeta, Ángel (versátil Emilio Tomé), que acosado por la sombra del padre, busca el protagonismo que no tuvo ante sus progenitores atentando contra el Congreso de los Diputados. Y una madre terrible y llena de desparpajo (magnífica dicharachera Fernanda Orazi), expresión de una clase media en decadencia. Un universo lleno de anhelos frustrados.

La estructura es un conjunto confluyente de escenas autosuficientes encadenadas que inicia el padre antes de morir y rubrica la muerte de la madre después de cumplir un último deseo 'fisiológico'. Un aspecto positivo es que cada secuencia está protagonizada por un miembro de la familia pero otro personaje se inserta en la acción como secundario. Por ello, los actores deben moverse por una veintena de caracteres con distintos registros y lo hacen con solvencia. Destaca la madre ejerciendo de narradora con apartes informativos o irónicos dirigidos al espectador.

Aun con cuestiones discutibles, como el uso del micrófono por los actores sin una función concreta en ocasiones, cierta dispersión causada por la estructura cinematográfica entrelazada, y la frialdad de una historia tan triste como la de Natalia, la calidad del texto de Remón, lleno de hilaridad, cinismo, presión y ternura, la efectiva puesta en escena del espacio abierto descuidado de la casa familiar, una iluminación bien ideada para subrayar los planos de los actores, y la música para ganarse al espectador, dan un resultado muy convincente. Lo mejor, los momentos grotescos y la sublimación de lo anecdótico, importante en la intimidad de cada personaje, sin ser esclavo del realismo.

Un trabajo muy notable cuyo final deja una pregunta: ¿cómo será el futuro de cada hijo? Y el nuestro.

 

Fotos

Vídeos