José María García: «La quimio se lleva todo lo malo... y lo bueno»

José María García. /
José María García.

Hace once años, al periodista deportivo se le detectó un cáncer linfático del que solo tenía un 50% de opciones de salir vivo. Hoy lo cuenta todo para la biografía 'Buenas noches y saludos cordiales'

RUBÉN CAÑIZARESmadrid

Durante treinta años, fue la emblemática e idolatrada nana deportiva de millones de españoles. Un trasatlántico de la comunicación que se metía en la cama de la gran mayoría de hogares españoles con su inigualable carisma. José María García (Madrid, 13 de noviembre de 1943) fue, es y siempre será un referente del periodismo español. Un genio delante del micrófono que marcó un antes y un después en cómo contar la información deportiva en nuestro país, como relata Buenas noches y saludos cordiales (Editorial Córner), la biografía del comunicador escrita por el periodista Vicente Ferrer Molina.

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En 2002, mucho antes de lo que él hubiera deseado, José María García colgó los auriculares y aunque en distintas ocasiones estuvo muy cerca de volver a la radio, el amor de su vida junto a su mujer y sus dos hijos, ya nunca más se pudo disfrutar de su talento. Durante estos catorce años de ausencia de Supergarcía, el locutor se ha dedicado a disfrutar de sus amigos, de su familia y, sobre todo, de la vida, esa que estuvo a punto de abandonarle sin preaviso en 2005.

Hace ahora once años, a José María se le detectó un cáncer linfático del que sólo tenía un «cincuenta por ciento de opciones de salir vivo». Y lo hizo. A pesar de su menuda estatura, hay que entrenar muy duro para ganarle una cara a cara a García. Fueron cuatro largos años de lucha contra la enfermedad y contra él mismo, pero salió victorioso.

«Felizmente, he tenido una constante en la vida: la perseverancia. Yo estudié en el colegio Maravillas y en esa escuela, cuando tenía 12 años, recuerdo que se editaba una revista llamada Perseverancia que me gustaba mucho. Gracias a ella descubrí que quería ser contador de cosas. Me llamaba tanto la atención que hice precisamente del rótulo de esa publicación, de la perseverancia, la constante de mi vida. Y del cáncer salí adelante como he salido de todos los contratiempos de mi vida, gracias a mi perseverancia», explica José María García.

Nacido en la capital de España cuatro años después del inicio de la dictadura franquista, José María García siempre presumió de sangre asturiana. Su padre era de origen madrileño pero su madre llegó a este mundo en Ferrera de Merás, una diminuta aldea a veinte kilómetros de Luarca con solo una docena de casas. «Nacer en Madrid fue un accidente. Me siento muy ligado a Asturias. De esa tierra he cosechado muchísimas cosas. Soy un enamorado del arroz con leche (presume del de su tía centenaria Lala, «el mejor del mundo»), la empanada y el pote».

Comenzó muy joven en el mundo de la comunicación y de la radio y su carrera fue brillante a pesar de «no contar con demasiada cultura», como él mismo reconoce, y de tener una voz «afeminada o amariconada», como le dijo don Santiago Bernabéu en alguna ocasión, cuando en la radio lo que predominaba eran profesionales con voz grave.

De profunda convicciones religiosas, «aunque muy pecador», García mantiene desde hace décadas una fiel amistad con el padre Ángel y el padre Garralda, con quienes colabora y ayuda en decenas de proyectos solidarios. Además, José María, su mujer y sus dos hijos fueron recibidos en audiencia por Juan Pablo II pocos años antes de su enfermedad y aquel encuentro le tocó la fibra: «Fue una audiencia muy especial. Había un secretario de estado del Vaticano que me escuchaba mucho y a través de él y de Paloma Gómez Borrero, mi familia y yo pudimos conocer al Papa. Me emocionó mucho lo que me dijo: Sigue luchando por la verita».

Abril de 2005, mes fatídico

Enamorado del fútbol sala, en 1977, hace ya casi cuarenta años, fundó el Inter Movistar, uno de los mejores clubes del mundo con un palmarés excelso. Entre sus muchos títulos tiene cinco Intercontinentales y, caprichosamente, en la primera que conquistó, García se topó de golpe con su grave enfermedad.

«Era el fin de semana del 9 y 10 de abril de 2005. Estaba en Puertollano, sede de aquella Copa Intercontinental, acompañando a mi equipo. Jugábamos el sábado la semifinal y el domingo, si pasábamos, la final. La mañana del sábado, tras salir a correr, empecé a notar mucho frío. Pensé que eran los nervios y no le di importancia. Pero el domingo volví a salir a correr y me sucedió lo mismo. Vi la final en el pabellón con el abrigo y al lado de la calefacción. Ganamos, pero no estuve mucho tiempo en la celebración. No me encontraba bien. Regresé a Madrid por mi cuenta y fue entonces cuando mi mujer me dijo que tenía un bulto en la garganta. Yo lo achaqué a un implante dental. Por eso al día siguiente fui a ver a Pepe Rábago, mi dentista, y ya me llamó mucho la atención la cara que puso. Pepe localizó rápidamente al doctor Julio Acero, una eminencia en el ámbito maxilofacial, que se encontraba en Rumanía dando unas charlas. Se vino para Madrid, me miró y me dijo que había que operar de urgencia. Y, desafortunadamente, la biopsia confirmó que tenía un linfoma. Tocaba rezar y luchar».

José María García, a sus 61 años, y después de tres fuera de las ondas, se enfrentaba al programa más complicado de su vida: un cáncer linfático. Ya tenía experiencia en superar importantes problemas de salud. De hecho, hasta entonces, había salido con éxito de once intervenciones quirúrgicas, aunque nunca se habría enfrentado a una enfermedad tan grave: «Excepto del pito, creo que me han operado de todo. Había sufrido una fractura de tobillo, lesiones en el empeine y la tibia, pasé dos veces por el quirófano debido a mi garganta, tres por culpa de mi oído, me han quitado la vesícula, había tenido tres hepatitis y, por si me faltaba algo, me acababan de detectar un cáncer linfático».

El mazazo fue terrible. Recuerda cómo su mujer rompió a llorar cuando le comunicaron la noticia, pero García tenía claro que aquella famosa perseverancia que tanto bien le había hecho en su vida no le iba a abandonar en aquel delicado momento: «Mi amigo y ángel de la guarda, el doctor Pedro Guillén, me recomendó que lo más sensato era operarme y recuperarme en España. Mi primera idea era hacerlo fuera, pero él me convenció de lo contrario. Le estaré eternamente agradecido. Mi cáncer era un tema muy grave de hematología y en España tenemos a uno de los mejores del mundo en esta especialidad, al doctor José María Fernández-Rañada. Él le había salvado la vida a Vicente Zabala Jr., el hijo del famoso crítico taurino de ABC, y él fue quien consiguió curarme. Lo hizo siendo directo pero vitalista, una mezcla genial: No te lo puedo garantizar, pero si luchamos, ganamos, me dijo la primera vez. Y así fue, aunque es verdad que ha habido mucha gente que se quedó por el camino, como mi amigo Francisco Fernández-Ochoa (el esquiador murió en 2006 de un cáncer linfático). Por eso, desde que mi diagnosticaron la enfermedad veo siempre el vaso medio lleno».

José María García estuvo tres años, hasta 2008, luchando contra su enfermedad. Durante todo ese tiempo recibió una infiltración de médula, dieciséis sesiones de qumioterapia y cuarenta de radio y nunca olvidará el sufrimiento que le supuso todo aquello: «La quimio es una maravilla, porque se lleva todo lo malo; pero tiene una parte negativa, y es que también se lleva todo lo bueno. Las sesiones de quimio eran tremendas y eso que yo tenía una suite en la Clínica Ruber, con toda la comodidad que ello conllevaba. Ingresaba la noche anterior y a las siete de la mañana me enchufaban el suero, hasta las 12. Luego estaba diez horas con la quimio. Después de unas cuantas sesiones, estuve a punto de tirar la toalla. Me preguntaba si de verdad aquello merecía la pena y fue cuando Fernández-Rañada salió a mi rescate. Me confesó que al inicio de tratamiento tenía el cincuenta por ciento de opciones de salir vivo, pero que en ese momento ya estaba en el ochenta por ciento. Así que me dejó bien claro que no era el momento para rendirme y logró que me viniera arriba».

Fuerza de voluntad

García reconoce que su umbral del dolor físico «es muy bajo», pero sus agallas, sus ganas de vivir y su fuerza de voluntad durante su enfermedad fueron ejemplares.

«Cuando terminé todas aquellas sesiones de quimio y radio, no podía ni siquiera ir de mi cama al baño, que eran diez metros escasos. Por suerte, mi mujer me obligaba a levantarme y empezar a caminar, aunque fuera poco a poco. Luego, con el paso del tiempo, empecé a caminar deprisa y, finalmente, a correr casi doce kilómetros diarios. Lo hago a seis minutos el kilómetro, pero podría hacerlo a cinco y medio», comenta orgulloso. El papel de Montse, su mujer, como el de sus dos hijos, Pepe y Luis, también fueron claves durante la enfermedad: «Te ves sin fuerzas, jodido, pasas miedo y ellos siempre estuvieron a mi lado. El cáncer me enseñó que había merecido mucho la pena tener lo que tenía». Su familia le mimaba las 24 horas del día con pequeños detalles, todos ellos de importancia vital: «Yo soy muy goloso, y muchas veces se iban a sitios especiales para buscarme cookies, que me encantan», señala García. Aunque no siempre esos pequeños gestos eran materiales: «Nunca olvidaré la mirada de mi mujer y cómo me agarraba la mano cuando me hicieron la infiltración de médula», desvela emocionado.

Sus amigos también pusieron su granito de arena. García recuerda con mucho cariño cómo el popular doctor Bartolomé Beltrán y el exboxeador hispano cubano Pepe Legrán no le dejaban solo ni un segundo o cómo su lista de oponentes se quedó vacía de la noche a la mañana: «En mi vida profesional he tenido millones de enemigos y amigos, pero desde mi enfermedad han desaparecido los enemigos y ahora solo tengo amigos por todas partes». También sus padres y sus suegros, desde el cielo, empujaron para que García saliera adelante: «Siempre los he adorado y ahora todavía los quiero más. Especialmente a mi suegra Mari Pepa, la mejor persona que yo he conocido en el mundo. Están todos juntos enterrados en un cementerio de El Pardo».

El premio a tanto valor y pelea llegó en 2008, cuando en el enésimo Pec-Tac su familia y él recibieron la mayor alegría de sus vidas: «No se me olvidará nunca. Me ponían un líquido que me inyectaba calor dentro del cuerpo, esperabas media hora y luego me metían en la maquinita durante cuarenta minutos. Las primeras veces nos decían que aún había restos del cáncer, pero entonces un día sonó la palabra mágica: Estás limpio, José María. Ese abrazo entre los cuatro, llorando de felicidad, fue único».

Hoy, ocho años después de vencer al cáncer, García disfruta de su mujer, de sus dos hijos, de sus amigos, de su equipo de fútbol sala y, sobre todo, de la vida. Esa a la que se agarró gracias a una revista y un eslogan que siempre ha sido su mejor aliado: perseverancia.

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