Román reaviva su cartel de valiente

Román recibe a porta gayola a Botinero. :: txema rodríguez/
Román recibe a porta gayola a Botinero. :: txema rodríguez

Duque se entregó en los dos toros, nunca volvió la cara, cobró una voltereta en su primero y al final se fue sin premio

JOSÉ LUIS BENLLOCH VALENCIA.

Bien está lo que bien acaba y ayer, la sexta de la feria, cartel singular donde los hubiera, acabó con Román reafirmado en su papel de torero valiente y con El Soro camino del hotel por su pie, lo que visto como comenzó la tarde no era poco. Así que hay que convenir en que acabó en bien. Alabada sea la santa providencia. Y aun pudo acabar mejor si Duque hubiese alcanzado mayor entente con los toros de Capea que sin llegar soltar la gran corrida a que nos tiene acostumbrados en esta plaza, sus murubes mostraron nobleza y no excesiva suerte porque en tarde de mayores luces lidiadoras hubiese sido mejor de lo que pareció ayer.

El Soro era el argumento principal de la corrida. No estuvo bien. Estuvo desbordado. Mal. Decir otra cosa sería de una caridad innecesaria. Primero le pudo un toro agrio al que le tuvieron pegar otro puyazo y en su segundo sucumbió a la presión. Y si las Fallas pasadas dinamitó aquel adagio de El Gallo, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. e hizo posible, pura milagrería, lo imposible esta vez ni su coraje ni sus fuerzas dieron para tanto. A mí me dolió su impotencia, la falta de reacción en quien fue tan bravo y tan temperamental. Me acordé de aquel chavalote que cada vez que los santones de la critica lo daban por acabado se volvía a levantar de la lona cual ave fénix, bien agarrado a un par de banderillas bien arrodillado frente a cualquier puerta de chiqueros a la espera de que saliese otro lucerito como aquel Sevillano de Jandilla que en Fallas más felices que estas le devolvió su sitio en las ferias. Ayer no hubo nuevo vuelo, ni salió Sevillano, ni la gente se acordó, estaba en su derecho, de lo que significa El Soro, ni nada fue como entonces, así que maldije el calendario, los años, me dolí a los pitos que le dedicaron y me guardo con el permiso de ustedes, mis obligaciones críticas. En la plaza al desfilar de vuelta al hotel unos eligieron silbar su tarde y otros aplaudir su leyenda, también estaban en su derecho.

Román fue el hombre de la tarde. Presentó rápidamente sus credenciales para quien no le conociese. ¡Aquí Román! o lo que es lo mismo ¡aquí un torero, aquí un valiente! O eso se entendió cuando ya en el toro de El Soro se paró en los medios para hacerle un quite por tafalleras y luego más de lo mismo en las saltilleras a su toro o cuando se hizo presente con unas espaldinas al quinto que bien podría entenderse como un homenaje a Miguelín y seguidamente cuando echó las rodillas al suelo en los medios o le tocó amarrar las zapatillas al suelo y despreocuparse de si el toro le pasaba cerca o le obedecía de más o de menos y así hasta la estocada final al sexto, volcándose sobre el morrillo, que acabó valiéndole una oreja. Otra oreja le pudo cortar a su primero pero la espada asomó por un costado diría que de tanto que se atracó y el presidente consideró, con acierto o eso pienso yo, que en Valencia no se puede conceder orejas en esas circunstancias y se resistió a la petición.

Orejas aparte se va reforzado de Valencia, agarrado a esa inercia triunfal de los jóvenes tan de moda. Ya ven, los valientes no arrían la bandera y Román, detalle que le viene de fábrica, es un valiente sin esfuerzo. Para completar su análisis habría que decir que su primero se rajó de más y que a su segundo le faltó humillar. Nada que fuese obstáculo para que Román se pudiese reivindicar que para eso vino.

Duque no tuvo suerte. Sus deseos estuvieron por encima de los logros. Su primero que tuvo calidad duró poco y a su segundo le costaba un mundo salirse de la reunión, de tal manera que todo se amontonaba. Duque se entregó en los dos, nunca volvió la cara, cobró una voltereta en su primero y al final se fue sin premio. Pena.