El truco del Rey

JUAN GÓMEZ-JURADO

Tenemos, por las películas, una idea muy simplista de la labor del bufón, el loco, en las cortes medievales. Nos parece que esa figura era poco más que alguien que aguardaba en un cuartito a que el rey quisiera reír un rato y diese unas palmadas pidiendo que él saliese frente al trono y ejercitase dos bailes y tres caídas hasta conseguir la risa de Su Majestad. Poco se sabe que, en todos los grupos de asesores de la corte, un rey inteligente incluía siempre a un personaje excéntrico, bocazas, incómodo al que hacía partícipe también de los grandes asuntos de estado que aquejaban en ese momento su reino. Normalmente el loco decía cosas absurdas, poco prácticas, absolutamente enloquecidas haciendo honor a su nombre. Resultaba un personaje irritante para el resto de rectos asesores que pugnaban entre ellos por ser los que le dieran al rey la solución más sensata y beneficiosa para el problema en cuestión mientras él no paraba de dar soluciones imposibles: «Compremos elefantes, fabriquemos dinero falso, disfracemos al rey de cabra...». A pesar de ello, el gobernante jamás prescindía de este personaje a su lado, ni, por mucho que le rogaran los cuello rígido del resto de su consejo, cortaba las insensateces que salían de su boca.

El 90% de las opiniones que salían de la mente del loco era, no sólo una idiotez, sino probablemente inapropiadas, ofensivas, obscenas y pecaminosas pero, de repente, salía un hilo coherente, una manera de mirar el problema, una solución a la que las domesticadas mentes del resto habrían sido incapaces de llegar. Y ese era el secreto del rey. Saber escuchar al loco. Dejarle equivocarse un número casi infinito de veces, aguantarle mil tonterías para, de entre ellas, encontrar la perla que le permitiera encontrar una solución donde nadie la habría buscado.

Decía Seinfeld que, si los marcianos nos observasen desde lo alto, probablemente pensarían que el Planeta Tierra está dominado por unas criaturas peludas que corren a su antojo por los parques mientras sus esclavos les siguen sumisos con una bolsa en la mano esperando a que ellos hiciesen sus necesidades para recogerlas del suelo.

Los cómicos son esas personas que observan el mundo desde arriba. Por eso hay que dejarles que hagan su trabajo, porque ellos son los que nos van a detener la realidad y nos la van a mostrar como nosotros no podemos verla. Dejen a los cómicos hacer lo que hacen, dejen que saquen las cosas ridículas que hacemos. Pero, sobre todo, dejen que se arriesguen, que metan la pata, que sean bocazas, incómodos, insolentes, idiotas.

Lo fue para todos los cortesanos, probablemente, el primero que propuso comerse una ostra con ese aspecto tan poco atractivo que tienen, y probablemente todos le llamaron loco excepto un rey inteligente que le escuchó y decidió dejarle equivocarse. Sean inteligentes: dejen a los cómicos hacer su trabajo.

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