Samaritanos del siglo XXI

La mayoría de las personas atendidas son jóvenes o adultos y acuden solos o en pequeños grupos, las familias con niños pequeños son menos en proporción. / A. c.
La mayoría de las personas atendidas son jóvenes o adultos y acuden solos o en pequeños grupos, las familias con niños pequeños son menos en proporción. / A. c.

Desde hace once años, una milicia de voluntarios sale cada domingo para asistir a familias en situación precaria e indigentes sin techo | Recorren la ciudad con comida y bebida caliente para atender a más de 400 personas

ANA CORTÉS VALENCIA.

La vida de una persona sin hogar debe ser contada por ella misma. Resulta desconcertante que otro ponga voz a la soledad, el hambre, el frío o incluso a la fraternidad que nacen en las calles. Cada domingo por la noche, la asociación de Amigos de la Calle escucha a este grupo y les hace recordar la protección de un hogar con el reparto de comida casera. En palabras de sus fundadores, Carmen Allendes y Jaime González, «no sólo se les da alimento, también se les acompaña». La agrupación sin ánimo de lucro comenzó su andadura hace más de una década y entre amigos, ahora son casi un centenar de voluntarios.

Una sopa a base de carne encabeza el menú, se acompaña de varios bocadillos entre los que elegir, hogazas de pan, postre y café o chocolate caliente. El mayor despliegue se desarrolla en el pasaje Beato Gaspar Bono, junto al Jardín Botánico, al que acuden cerca de 60 personas. Además, los voluntarios extienden la iniciativa por otras zonas de Valencia. En total atienden en torno a 400 personas y hay cinco itinerarios. Uno de los trayectos recorre las vías de Fernando el Católico, Pérez Galdós y Guillem de Castro; otros el centro neurálgico de la capital, Campanar, los alrededores de la avenida del Puerto y los aledaños de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Suelen estacionar en los cajeros ocupados y en lugares ya identificados donde les esperan para recibir alimentos.

Amigos de la Calle surgió de la acción impulsada por dos familias en octubre de 2007, cuando la crisis se abrió paso entre los hogares. Desde entonces no han faltado a su cita semanal ni una vez en once años. Las personas que viven a la intemperie no son las únicas que se acercan, también decenas de familias con hijos y parejas de ancianos con economías domésticas muy frágiles o personas con dificultad de gestionarse y necesidad de socializar. Para Carmen, el proyecto les devuelve la autoestima, quiere «motivarles para que su situación en la calle no se perpetúe».

La asociación no ha fallado ni un domingo en casi doce años y en días de mucho frío también salen a repartir Al inicio, se hacían cargo de todos los gastos, pero hoy reciben donaciones de comida muy generosas

Los integrantes están divididos en cinco grupos que se turnan en el reparto. Sin embargo, como Carmen y Jaime hay muchos que van todos los fines de semana. «Es adictivo», confiesa Antoine, quien llegó hace cuatro años a la asociación. Suman alrededor de 40 voluntarios por domingo entre los cinco itinerarios. Cada semana, uno de los grupos se responsabiliza de conseguir los alimentos, cocinarlos y limpiar la sede. Aseguran que les ocupa todo el día y que acaban bien pasada la medianoche. Asimismo, la asociación lleva a cabo repartos de ropa. Durante la semana, un grupo se reúne para lavar, arreglar y clasificar prendas.

El pasado Domingo de Ramos, Jaime llegó al pasaje a las 20 horas. El cofundador y actual presidente saludó a conocidos y a nuevas caras que se acercaban tímidamente a la mesa de reparto. Después de casi doce años, «todos se conocen». Muchas de las personas que se benefician de la iniciativa ayudan a repartir la comida y abundan las muestras de gratitud hacia los voluntarios. Paco Tudon y su mujer, que han cumplido siete años en el proyecto, racionaban el chocolate y el café. «Los repartos son tranquilos y sólo a veces hay un poco de tensión en la cola», cuenta el primero. «Lo comprendemos dado su delicado contexto».

A unos metros del pasaje, en el callejón que cobija a una decena de personas resguardadas en tiendas de campaña, se halla Juan de Dios. Su mayor enemigo es la lluvia, pues cuando es intensa se acumula el agua y hay que vaciarla. Siempre espera puntual a los Amigos de la Calle y a su sopa caliente, «son los únicos que la hacen». En el enclave, organizaciones civiles sirven comida todos los viernes, sábados y domingos.

Dean lleva un par de años en la asociación y describe Valencia como una ciudad volcada con la huella de estas atenciones, donde la comida «no va a faltar». «Lo que muchos necesitan es sólo un impulso», asegura Jaime, quien apunta que «en ocasiones, la asociación ha prestado un apartamento para propiciar a un par de personas la integración social». La solidaridad también ha arrastrado a un grupo de menores del colegio concertado Jesús-María, el más joven se llama Pablo y tiene 16 años. Ya es conocido por los más habituales en la distribución.

La cesta de la compra para elaborar los cientos de menús dependen de la economía de los voluntarios de cada turno semanal. En sus inicios todo salía de su bolsillo, pero ahora reciben donaciones generosas de empresas valencianas y del Banco de Alimentos de Valencia. A esta labor incansable, la Federación de Asociaciones Ciudadanas de Torrent y Comarca le otorgó uno de los Premios Ciudadanos 2019, el de ámbito nacional.

En días especialmente fríos o lluviosos, Amigos de la Calle amplía su acción y también recorre la ciudad para confortar a quien lo necesite. No son pocos los ciudadanos con los que se encuentran, quienes también salen en silencio a las calles para atender a las personas que carecen de un techo para cobijarse.

Recientemente, un matrimonio que solía acudir a sus guardias dominicales escribió a Amigos de la Calle desde Alemania. Habían dejado de vivir en una fábrica abandonada de la avenida Burjassot para trabajar allí. Les gustaría que este recuerdo fuese una realidad, pero los voluntarios se enfrentan a una pobreza cada vez más dilatada. La decisión es firme, cesarán su labor cuando ya no sean necesarios. Se enfrentan a una tragedia que no entiende de edades, sexo o nacionalidad, como les muestra la experiencia semanal.