«Salí llorando, sin comida ni casa»

Amine el Mansouri, joven extutelado procedente del centro de menores de Nules. /Jesús Signes
Amine el Mansouri, joven extutelado procedente del centro de menores de Nules. / Jesús Signes

«Semanas antes de salir me decían que me iban a buscar trabajo y un piso, pero nada de eso; habría dormido en la calle sin los servicios sociales» | Amine El Mansouri tuvo que dejar el centro de menores de Nules al cumplir los 18

Daniel Guindo
DANIEL GUINDOValencia

Amine El Mansouri pone rostro a los menores no acompañados que, mayoritariamente, llegan a tierras valencianas procedentes del norte de África; chicos que pasan sus primeros meses, incluso años, bajo la tutela de la Generalitat en las residencias que la Administración autonómica tiene previstas para ellos. Al alcanzar la mayoría de edad, los más afortunados cuentan con pisos de emancipación que alivian el duro trance de pasar de un centro de menores atendido por especialistas a una vida autónoma en la que tienen que valerse por sí mismos. Pero Amine no tuvo tanta suerte y recibió el peor regalo el día de su cumpleaños: abandonar las instalaciones del centro sin ninguna perspectiva de futuro. «Si no llego a recibir la ayuda de los servicios sociales hubiese dormido en la calle», relata emocionado.

Este joven marroquí llegó al centro de menores de Nules, en Castellón, a finales del verano de 2017. Por aquel entonces, según recuerda, «lo llevaban unas monjas» -en concreto, las Hermanas Terciarias Capuchinas- de las que guarda un gran recuerdo. «Iniciaron los trámites para regularizar mi situación cuando cumpliera los 18 años, pero mi expediente estaba en Valencia y el trámite para que llegara a Castellón se retrasaba», apunta. Sin embargo, y después de tres décadas al frente de la residencia, otra entidad ganó el concurso público para gestionar este servicio y Amine se tuvo que despedir de las religiosas.

Pasaron los meses y el joven se acercaba ya a la mayoría de edad. «Cambiaron las normas y la cosa iba a peor. Pedía hacer cursos y me apuntaban, pero luego no me acompañaban a buscar trabajo, así que no tenía continuidad. Aún así, semanas antes de alcanzar la mayoría de edad me dijeron que me iban a buscar un trabajo, un piso de emancipación en el que vivir hasta que pudiera valerme por mí mismo y algo de dinero», describe. Pero el 19 de diciembre, el día antes de alcanzar la mayoría de edad, «me dijeron que recogiera mis cosas, que al día siguiente me tenía que ir». La incertidumbre se apoderó del joven. «¿Qué voy a hacer ahora?», se preguntaba. Y llegó el momento de abandonar el centro de menores que había sido su hogar hasta ese momento. «Salí llorando, tanto yo como algunas de las educadoras, con 15 euros en el bolsillo, no tenía comida ni casa, no sabía qué hacer», recuerda emocionado. Justo ese día, por la tarde, el centro había organizado una visita de los Reyes Magos, en la que se había previsto una merienda y el reparto de regalos para los residentes. «Todos mis compañeros pedían que, por lo menos, me dejaran quedarme esa tarde, pero no pude, me tuve que marchar», agrega resignado.

«Tenía un paquete de galletas y me comía dos o tres para desayunar para que me durara»

Por suerte, el Ayuntamiento de Nules se hizo cargo de la situación y le facilitó que pudiera alojarse en una habitación de una pensión del municipio durante unos días. «De no conseguir esta ayuda, habría dormido en un parque», asegura. A partir de ese momento, su día a día se convertía en una dura prueba. «Tenía un paquete de galletas y, para desayunar, me comía dos o tres para que me durara lo máximo posible. Al principio iba al centro a que me dieran comida, me decían que estuviese tranquilo, que me buscarían un albergue. Pero al cabo de unos días dejaron de darme comida, me giraban la cara... y me dijeron que ya no podían hacer nada más por mí», señala el joven. Por la noche, compatriotas que también estaban alojados en la pensión le invitaban a cenar, mientras que educadores que había conocido en el propio centro le proporcionaban puntualmente comida, aunque a título particular, de sus propios domicilios.

Pero Amine ha empezado a ver la luz. El Consistorio de Nules le prolongó la estancia hasta el 15 de enero, pero ni siquiera tuvo que agotarla. «Desde la semana pasada, y gracias a educadores que conocí en el centro, ha empezado a trabajar de prueba en una empresa y he conseguido que me alquilen un piso sin fianza y pagando poco a poco las mensualidades», describe enormemente agradecido tanto al Ayuntamiento como al personal. Pero su caso, desafortunadamente, no es el único. «Si hago pública mi situación es para evitar que les pase lo mismo a mis compañeros del centro, que pronto cumplirán los 18, porque los educadores me dicen que nunca han visto nada igual», subraya.

«Llegué en patera a la Línea, pero vine a Valencia y acudí a la Policía»

Amine abandonó Marruecos en marzo de 2017 en una patera con la que, después de un largo y tortuoso viaje, llegó a la playa de la Línea de la Concepción, en Cádiz. «Me fui corriendo por la montaña y conocí a una persona que me cobijó en su casa durante un par de días. Después decidí trasladarme hasta Valencia porque decían que aquí hay centros en los que cuidan a los niños», describe recordando que apenas contaba con 16 años cuando inició su aventura. «Fui directamente a la Policía y me llevaron a Monteolivete -donde se encontraba el centro de recepción de menores de la provincia de Valencia-». Allí pasó cinco meses, hasta que la Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas decidió clausurar las instalaciones y trasladar a los residentes a la localidad Buñol. Ese mismo verano fue trasladado al municipio de Nules.

Ahora mira el futuro con ilusión, después de dos de las experiencias más intensas de su vida, su travesía por el mar y tener que abandonar el que había sido su hogar sin contar con recursos para valerse por sí mismo. «Lo único que quiero es tener trabajo y poder ayudar a mi familia», asegura. Amine, y pese a los momentos vividos, no se plantea volver a Marruecos. «Allí todo va mal, no hay normas para la Policía, y mis padres tienen para vivir ellos, yo tengo que valerme por mí mismo», resume. El joven no se olvida de sus compañeros de viaje y aprovecha para instar a las Administraciones a que tomen cartas en el asunto. En el caso de la Comunitat, el Consell ofertará hasta 124 plazas en pisos de emancipación este año. «Espero que sean suficientes», apunta.

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