«No quiero recordar lo que se sufre en el mar»

Mok, Emily y Felix acuden a la entrevista en el centro de CEAR/ damián torres
Mok, Emily y Felix acuden a la entrevista en el centro de CEAR / damián torres

Tres rescatados por el Aquarius que viven en Valencia lamentan las penurias de las 134 personas a bordo del Open Arms | La incertidumbre que vive el navío de la ONG española les trae muy malos recuerdos de una travesía que un año después les tiene todavía traumatizados

ANA CORTÉS

Hasta catorce días pasaron a bordo del Aquarius Emily, Mok y Felix. Las 134 personas rescatadas en el Mediterráneo por el remolcador Open Arms llevan un día más sin conseguir desembarcar en un puerto seguro. Más de una decena ya han sido evacuados debido a motivos de salud. Los tres africanos han descrito para LAS PROVINCIAS como se sufre esa espera e incertidumbre de no saber cuál será su destino. Silencio, lágrimas y pocas palabras porque todavía les duele rememorar aquellas jornadas de junio del año pasado.

La falta de información fue el peor enemigo de los refugiados del Aquarius, por ello lamentan mucho que se repita de nuevo la historia frente a las costas de Lampedusa. La mujer nigeriana y los dos veinteañeros de Sierra Leona se rompen al recordar ese periodo de frío y hacinamiento que comenzó desde su salida en Libia y que también ahora padecen los cobijados por la ONG española.

«Lo vivido en el mar fue tan doloroso, que no quiero recordar lo que sufrí», asegura Emily entre frases cortadas. Los otros dos apoyan su actitud con la mirada perdida. Al ver las últimas noticias sobre el Open Arms, comparten irremediablemente el sufrimiento de los migrantes en el litoral italiano, que tras más de dos semanas todavía atienden al permiso final del desembarco.

Al ver las noticias sobre el remolcador reviven sin remediarlo el sufrimiento que pasaron

El desenlace del Aquarius registró altas cotas de estrés, una experiencia límite que provocó la ansiedad a sus pasajeros y su tripulación, aún incluso cuando les atendía tierra firme. De hecho, ayer por la tarde, uno de los refugiados del Open Arms intentó suicidarse debido a «la situación insostenible».

Aunque el trayecto les ha traumatizado y apenas pueden hablar de ello, coinciden en que era una opción para salvar sus vidas, no para mejorar su calidad de vida o posición laboral. Dadas las circunstancias, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) ha extendido su asistencia psicológica en las situaciones migratorias similares, para que los afectados tengan esa recuperación guiada por un grupo de profesionales. Desde la entidad apuntan que el estado con el que llegan tras la travesía es muy delicado, lo que hace fundamental la intervención de los técnicos.

Los tres africanos coinciden en que la mayoría de personas que atraviesan el Mediterráneo no habían imaginado nunca llegar a Europa. «En nuestros países podríamos tener mejores trabajos de los que conseguimos aquí, pero la muerte diaria nos ha obligado a tomar el riesgo de cruzar el mar y enfrentarnos a ese sufrimiento», cuenta Felix, «muchos tenemos estudios universitarios, incluso algunos hablan tres idiomas, pero cuando llegamos parece que se pierden los méritos conseguidos y el talento de cada uno». Felix, con tan sólo 21 años y un diploma en Enfermería, se vio forzado a abandonar Libia, donde vivió casi dos años, porque mataban «a negroafricanos a diario».

Narra varias masacres en el país norteño mientras muestra fotos en su teléfono móvil de personas asesinadas, «lo que ocurre cada minuto». «Entraban en las viviendas y sacaban a las personas negras a la calle, donde les disparaban sin más. Hemos tenido que tomar el riesgo de cruzar el mar», describe Felix. «Si conociese la barbarie en el norte de África, Europa no denegaría ningún desembarco, no entiendo porque lo hace», apunta Mok.

Emily, también enfermera de profesión, sufrió agresiones físicas, amenazas e insultos. «Viví cuatro años allí, al principio estaba cómoda y además trabajaba en mi sector, luego tuve que correr por mi vida. Busqué alcanzar Europa porque yo no podía luchar contra las armas. Era más peligroso continuar en Libia que atravesar el mar Mediterráneo», detalla Emily muy afectada.

De los cánticos de euforia que siguieron al desembarco del Aquarius sólo queda una vaga reminiscencia, la desilusión ha ocupado su lugar. Los tres migrantes no han encontrado trabajo desde que llegaron, a mediados de junio del 2018. Han asistido a varios cursos de formación y de castellano. «No nos aceptan en ningún sitio porque no sabemos el idioma, pero no es nuestra lengua materna y es complicado aprenderla en apenas un año», afirma Felix en inglés, «la mejor solución sería acceder a un puesto mientras aprendemos a hablarlo». Emily comparte su punto de vista y añade que ni siquiera sirven sus conocimientos para labores simples donde no hay contacto con el cliente.

«Soy enfermera, conozco las condiciones higiénicas de un hospital, ni siquiera me han llamado para limpiar clínicas porque no hablaba correctamente castellano», confiesa. Ambos atribuyen esta situación «al racismo existente en España». La vida social de Emily ha desaparecido y está visiblemente frustrada por su situación laboral.

«El tiempo pasa y creo que he perdido un año de mi vida esperando la resolución», se queja Emily. Su odisea no acabó cuando tocó tierra, pues comenzó un duro proceso de integración social que ha mermado su empeño por seguir adelante.

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