Palau de la Música

CÉSAR GAVELA

El Palau de la Música de València es un barco de cristal, una gran caja de melómanos, un mundo entero de alegría para el arte más universal, el más acompasado con la sangre. Ese barco lleva navegando treinta y dos años y es uno de los símbolos de la revolución cultural, nada maoísta por fortuna, que tuvo lugar en Valencia en los 80. Años fundacionales, no siempre bien reconocidos. Porque luego, en los 90 y en lo que va de milenio, el descomunal empeño de la Ciudad de las Artes y las Ciencias se llevó todo el protagonismo, o casi, lo que en parte era justo y en parte no.

El Palau de la Música se inauguró con una fiesta grande. De la palabra, no de la música precisamente. Una gran fiesta del debate y la memoria, de aquel presente y de la conjetura sobre el porvenir. En aquellas fechas de 1987, en las que tuve la suerte de andar por allí, Valencia celebró el 50 aniversario del congreso de intelectuales y artistas que había tenido lugar en la ciudad durante la guerra civil. Algunas personas que habían estado en Valencia en aquel tiempo terrible, volvieron medio siglo después. Como Octavio Paz, presidente del congreso, o como el poeta inglés Stephen Spender, y muchas otras personalidades, ya más jóvenes: desde Vargas Llosa a Antonio Tabucchi. Aquel congreso, que ocupó durante una semana hasta dos y más páginas diarias en los principales periódicos de España, y que tuvo repercusión en la prensa extranjera, lo organizó Ricardo Muñoz Suay, el cineasta e intelectual que también había estado, siendo muy joven, en el congreso de 1937, y que luego fundaría, tantos años después, la Filmoteca Valenciana.

Aquel congreso fue el pórtico de lo que la ciudad anhelaba: tener un gran templo laico para la música. Y tenerlo en la orilla del cauce del Turia, recuperado, al fin, para disfrute de todos los ciudadanos. No debemos olvidar aquella gran etapa de Valencia, seguramente la mejor de todas desde la recuperación democrática. Y de ese tiempo, el Palau de la Música es su emblema. Que mantiene su lugar en la vida de esta urbe activa y laboriosa, cada vez más invadida de visitantes. Como también tiene su ilustrísimo papel el Palau de les Arts. Cada uno con su finalidad. Diferente y complementaria. Solo las grandes ciudades pueden tener dos orquestas, dos palacios para la música y un jardín tan grande como el del Turia. Por todo ello, queremos ver pronto al Palau de la Música recuperado de sus cuitas físicas, de los efectos del paso del tiempo sobre el edificio. El palau ha de ser objeto del mimo del ayuntamiento, de su cuidado más exquisito. Porque es un puente que nos hermana con una gran red de ciudades cultas, con lo mejor de la tradición occidental. Que el consistorio, pues, lo atienda como se merece. Que no solo se fije en las cuestiones identitarias. Lo local solo es verdaderamente valioso cuando tiene vocación universal.