Si Ximo Puig...

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Si Ximo Puig fuera un político inteligente, a estas alturas habría comprendido ya que lo que el 28-A multiplicó los resultados electorales de su partido en la Comunitat fue la imagen de tipo fiable, de político dialogante, y de líder sin estridencias que trató de labrarse durante toda la legislatura. Que lo que hundió a sus hasta ahora socios de coalición fue, en un caso, su exceso de personalismo y su enfermiza búsqueda de la confrontación; y en el otro, su pretensión de embarcarnos en una suerte de revolución permanente de destino incierto. Que en consecuencia la actual situación de los tres partidos en su día pusieron en marcha el 'Pacte del Botànic' resulta sumamente distinta -y no tanto por la aritmética parlamentaria, como por la dinámica política- a la de hace cuatro años. Que sería absurdo dar oxígeno -en forma de consellerías, con su correspondiente acceso al presupuesto, colocación de afines y proyección mediática- a fuerzas que amén de estar disputándole un mismo espacio político han demostrado estar perdiendo el favor de los electores. Que si un gobierno con dos socios fue complejo de conformar y más complejo aun de manejar, uno con tres podría ser del todo ingobernable, y aun incluso implausible. Y, por último, que siendo el PSPV parte del proyecto común que el Partido Socialista tiene para España, las decisiones estratégicas de su Secretario General Pedro Sánchez no deberían de serle por entero indiferentes.

Y si Ximo Puig fuera un político valiente, a estas alturas habría asumido ya que el mensaje salido de las urnas no fue el de que los valencianos querían políticas más sectarias y talantes más ideológicos, sino políticas más centradas y talantes más negociadores. Que la manera de estar a la altura de lo que los electores le pidieron no es dando un paso al lado para ceder protagonismo a dos partidos perdedores, sino dando un paso adelante para ejercer el liderazgo que aquéllos pusieron en sus manos. Que un gobierno en solitario puede ser complejo de fraguar y de dirigir, pero que de salir con éxito del envite los réditos electorales para el futuro de su partido serían inmensos. Que el verdadero liderazgo no es el de quien se esconde detrás de un pacto con tantas rúbricas y tantas cláusulas como un seguro de vida, sino el de quien se marca un rumbo y sortea los obstáculos que se interponen en su camino conforme van saliendo a su paso. Y que -en fin- es para cosas como estas que el Estatuto valenciano brinda al President la capacidad de decisión y la estabilidad en el cargo de la que al parecer solo fue consciente el día en que decidió anticipar el fin de la pasada legislatura.

El problema es que cuantos conocen personalmente a Puig -y no es mi caso- sostienen sin fisuras que de esas dos cualidades -inteligencia y valor- el President en funciones solo atesora una de ellas. Veremos si es cierto.