DE VUELTA

¿Es posible vencer al síndrome del temor al folio en blanco sin caer en el autoplagio y la desesperación?

JOSÉ RICARDO MARCH

La tercera semana de agosto toca a su fin cuando llamo a Pedro Campos, jefe de este santo tinglado, para que me confirme que las columnas vuelven a publicarse a partir del lunes 19. Así es. Charlamos brevemente entre el qué tal las vacaciones y el que sigas disfrutando, que ya te queda poco, con mención obligada, aunque mínima, a la estruendosa pirotecnia institucional y deportiva vivida en Mestalla durante el verano. A Pedro se le nota relajado -lo merece, y mucho, tras el año desbordante de trabajo y repleto de agotadores saraos que dejó atrás en julio-. Y yo, por fin de vuelta en Valencia después de haber esquivado los peores días de la canícula local, puedo asegurar que lo estoy. Quizá demasiado. Porque tras el adiós, mientras los grititos del heredero parecen anunciar una trastada perpetrada al otro lado del pasillo, llega el golpe de realidad prácticamente sin que me dé cuenta: acaba de resurgir, tras el descanso estival, el casi olvidado síndrome del temor al folio en blanco.

El asunto tiene miga aunque el lector pueda considerarlo (y seguramente tenga razón) una chorrada mayúscula. Uno no es, a pesar de que la verborrea que lo acompaña desde la más tierna infancia sugiera lo contrario, una fábrica de artículos andante. Todo lo contrario: con frecuencia, al sentarme a escribir el texto de la semana, me atenaza el pánico. Ahí va un secreto que puede ayudar a comprender mejor la situación: cuando se empieza a escribir en un periódico se trata de sorprender y agradar para demostrar que el valedor o valedores del escribidor no se han equivocado en su elección. Se saca entonces lo mejor de un arsenal novedoso y fresco, se adorna con el vocabulario más lucido que se tiene y se envía confiando en las bondades del texto. Cuando se llevan más de ciento cincuenta columnas a las espaldas resulta difícil recurrir a algo sobre lo que no se haya escrito ya. Y es imposible, lo digo ya, no caer en el autoplagio. A veces, en la soledad de la madrugada del sábado (confieso apurar, por lo general, hasta el límite para realizar cada entrega), me desespero preguntándome qué narices se me ocurrirá para cumplir con garantías el expediente semanal. Mi madre, tan prosaica, solucionaría el asunto con su habitual «yo no sé para qué te complicas tanto la vida». En esos momentos de insomnio y angustia me cambiaría a ojos cerrados por un Miquel Nadal, ese afrancesado monstruo de la naturaleza que tras desbrozar proyectos y proposiciones de ley aún tiene tiempo para sacarse de la manga dos artículos semanales, dos, de enjundiosa factura. O por un Ferches Miñana, cuyo enorme talento le da para transformar en literatura un momento capturado al vuelo. O, qué demonios, por un Enrique Ballester de la vida, capaz de hacer confluir varios tuits publicados durante la semana en un brillante texto de cuatro mil caracteres que acaba trascendiendo la columna futbolística y recibiendo la ovación unánime de la hinchada tuitera mientras el periodismo gafapasta y asimilados (aquí me incluyo) le hacemos la ola.

Yo no tengo, para mi desgracia, esas virtudes. A veces mi mujer (que lee y enjuicia, con una generosidad que desborda lo previsto en el contrato matrimonial, todo lo que escribo antes de que vaya a imprenta) y yo comentamos en broma que hace tiempo que mis dos registros (el memorioso y solemne lagrimitas por un lado, el colérico y vehemente cascarrabias, tan esperado incluso por quien me detesta, por otro) dejaron de tener gracia y de surtir efecto. En momentos de verdadero bloqueo suele aparecer, como un maravilloso deus ex machina, el recurso a la narración de episodios históricos, un tema que me encanta pero del que trato de no abusar para no cansar al personal.

Y en esas me encuentro. Descartado, en principio, el retorno a las andadas de la mano de un nuevo artículo de la serie 'Una historia del Valencia' (opción que me susurrará, de forma tentadora, el sentido común durante un par de días), agarro por fin el ordenador el sábado por la tarde, horas antes de que el equipo debute en la Liga ante la Real. Me hastía tener que escribir sobre la actualidad del club o cualquier tópico sudado y renuncio a hacerlo. Me propongo confesar, para no andarnos con mentirijillas desde el principio, que he sido incapaz de conseguir mi deseo del verano: efectuar una desconexión total del Valencia y su entorno para tomar aire de cara a la nueva temporada. Así queda escrito cuando me doy cuenta de que he llegado al final del texto y que burla burlando, que diría aquel, van los cuatro mil y pico caracteres delante.