Je vous salue Marie

MIQUEL NADAL

Es ese inocente y desprendido Dios te salve María de cuando pequeños en la parroquia. En esa cloaca en que se han convertido las redes sociales, valladar de toda clase de rencor y miseria moral, se hacían bromas de ateneísta de hace un siglo, sobre la ineficacia sobre el fuego de ese gesto espontáneo de la gente orando ante el incendio de Notre-Dame de Paris. Decir que el dolor es intenso por el valor de la Catedral, que va más allá de su significado religioso no implica tampoco esconder su naturaleza. Siempre podré decir que cuando se quemaba estaba leyendo a Max Aub, un texto de 1949 en el que decía: «Donde quiera que se esté, uno se acuerda siempre de París. París es una manera de entender el mundo. Una manera especial de estar, de sentirse cómodo». Y lo decía quien eligió ser uno de nosotros, en la calle Garrigues, Sevilla y Almirante Cadarso, en vergonzoso testimonio de la ausencia de memoria acerca de su presencia. Exiliado de Francia, de España, y sin memoria entre nosotros. Hay un rebrote cierto del antisemitismo en Francia, pero también de un anticlericalismo estúpido, que aquí aflora con manifestaciones de lo más extravagante. Probablemente el gesto simbólico de la oración no es gratuito. Las catedrales son patrimonio arquitectónico y cultural, pero también son más que un monumento. O son testimonio de la fe o son solo piedras. De una belleza conmovedora pero piedras sin alma que solo sirven de encuadre para la fotografía. Las piedras se pueden restaurar, sustituir o convertir en cualquier clase de construcción. Decía Charles Péguy que para defender a un arcángel no podemos ser al tiempo ángel y arcángel, porque los arcángeles y sus basílicas sobre la tierra carnal necesitan ser defendidas. Las tiendas de recuerdos, la lotería del patrimonio, el presupuesto público destinado a un icono como esa catedral son imprescindibles, no cabe ninguna duda. Pero para que el monumento sea perpetuo y con vocación de continuidad necesita de otro tipo de protección. La protección de lo que le da sentido, lo que la hizo nacer y vivir y se ajusta a su naturaleza como templo. Hace apenas dos meses, con un frío espantoso, visitábamos de nuevo la catedral, esquivando fotografías de excursiones que se refugiaban de la lluvia, y hoy se convierten en testimonio privado de una visita civil, laica, puramente patrimonial. Ajena a la muchedumbre comenzó la misa. «Je vous salue Marie». Soy de los agnósticos que celebran que las catedrales se mantengan en pie, y que aun leyendo a Voltaire, prefiere un futuro en el que la vieja Europa mantenga vivo ese mensaje, que va más allá del reconocimiento arquitectónico, puramente patrimonial. «Princesse cathédrale, Ô Notre Dame, Recevez cette femme, Notre pauvre âme». La catedral como princesa para recibir nuestras pobres almas. Es posible que algún otro como yo, pero con más fe, también escuchara ese Dios te salve María. Los que iniciaron la plegaria daban el primer paso.