NO VOLVERÉ A SER JOVEN

ALBA CARBALLAL

Me gusta pensar que la ONU ha escogido el 12 de agosto para festejar el día internacional de la juventud como una deferencia para con las verbenas de pueblo, los botellones bajo las Perseidas o la fiesta final del Sonorama. Ante tal celebración, Gil de Biedma resuena en mi cabeza -«Que la vida iba en serio / uno lo empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante»- para recordarme que, lo siga siendo todavía o no, nunca volveré a ser joven. Tengo veintisiete años, una edad extraña en lo tocante a la juventud. Ya no soy joven para las Naciones Unidas, que marcan el límite a los veinticuatro; ni para el metro de Madrid, que hace un par de años me retiró el abono a veinte euros.

Sigo siendo joven, sin embargo, para los bancos, que aún me concederían una hipoteca a cuarenta años; para el Centro Dramático Nacional, que debe considerar casi milagroso que los menores de treinta vayamos al teatro; para mi profesión, donde -que alguien me lo explique- se mantiene el adjetivo 'joven' hasta bien entrados los cuarenta; y para mi madre, que seguirá pensando que soy una niña hasta el día que me jubile.

Al final, todo es una cuestión de perspectiva: hace unas décadas, por ejemplo, a cualquier mujer de mi edad se le estaría empezando a pasar el arroz para tener hijos; y hoy en día yo aún soy muy cría -o eso me dicen- para haber decidido ya que no quiero parir. En cualquier caso, quiero ir gastando las muchas o pocas moléculas de juventud que me resten, y como toda excusa es buena para percatarnos de que aún estamos vivos, yo voy a conmemorar este día de la juventud yendo al Ikea a comprar una lata para el café, cenando en un chino y tomándome una jarra de sangría en la playa con un par de amigos. Celebrando, sin más pretensiones, que ni volveremos a ser jóvenes ni falta que nos hace.