Voluntarios peligrosos

El voluntariado, o el contrato veraniego de gente mayor, es una práctica vedada en museos y bibliotecas españolas

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Me divierte imaginar situaciones límite. Una, por ejemplo, consistiría en que cuatro viejos, algo estrafalarios al estilo de los pensionistas de la serie italiana del Bar Lume, se presentaran un día en la Biblioteca del Antiguo Hospital con la pretensión de trabajar como voluntarios. La cara de los funcionarios de Cultura; las actitudes, consultas, perplejidades, recelos y al final negativas del aparato burocrático español se mostrarían como un pavo real ante los cuatro insensatos. Que tendrían suerte si no terminaban en comisaría a costa de su provocación.

Esta semana, Laura Garcés, redactora del periódico, ha logrado con sus informaciones que la Biblioteca del Hospital no cerrara durante las tardes de septiembre por falta de personal y presupuesto. Para no afrontar más sonrojos, la alta dirección del departamento ha encontrado un apaño veraniego. Pero me pregunto por qué esos problemas de coyuntura no los resolvemos en España con personal voluntario; con gente mayor, perfectamente formada, que está preparada para atender una biblioteca, o una sala de museo, porque ha dirigido un banco o un instituto.

En muchos países de Europa, y desde luego en Estados Unidos, los mayores llenan los huecos veraniegos o incluso, si el museo o la biblioteca están en ciudades modestas, son 'el personal' de plantilla. Miles de jubilados americanos llenan su tiempo con voluntariado o complementan su pensión con tareas cultas, algo remuneradas; de modo que a usted le puede atender ante un cuadro un profesor, que ahora hace eso porque de joven ya aprendió a ser voluntario con los bomberos del pueblo.

No, en España el proteccionismo sindical es férreo contra ese 'intrusismo'. Usted no puede explicar las capillas de la Catedral 'sin papeles', ni estar al servicio de una biblioteca para que los mozos no dejen el chicle pegado bajo la mesa. El Consell se romperá en pedazos por falta de presupuesto, los servicios se resentirán en verano, las colas se harán eternas pero el sindicalismo (vertical) de clase no va a consentir que haya una señora voluntaria que oriente a las mujeres que buscan el servicio de mamografía. Usted puede haber echar una necesaria mano en la Casa de Caridad, que es privada; pero aunque haya estado quince años dando el callo en la Cruz Roja, el aparato no le permite pasear por una biblioteca y decirle a esa nena que deje el móvil quieto.

Tajante, selectiva, burocrática, España, en el siglo XXI, se muestra partidaria de que los compartimentos de lo público y lo privado sean estancos y no tengan puntos de razonable comunicación. Como en el franquismo, o casi, lo público lleva gorra, se rige por reglamentos y está defendido por los cancerberos sindicales. La esfera privada, mientras tanto, está llena de jubilados prematuros, la mayoría en perfecto estado de revista, que pueden hacer dos cosas: o encargarse de los nietos por narices hasta caer agotados o sacarse la cera de las orejas hasta morir de tedio.