Vivir o morir en manos del Estado. Abriendo nuestra conciencia

Con motivo del Día Mundial contra la pena de muerte, celebrado el pasado jueves, la Fundación por la Justicia clama contra la irreversibilidad de esta condena

JOSE MARIA GASALLA FUNDACIÓN POR LA JUSTICIA

Todos y cada uno de nosotros ha tenido o tiene una madre. Los condenados a muerte también. Al igual que los ajusticiados.

La cruda realidad: al final de 2018 hay oficialmente 19.336 personas condenadas a muerte.

Ha habido en el año 690 ejecuciones.

Y 2.531 condenados a muerte en 54 países.

La buena noticia: actualmente está abolida la pena de muerte en 106 países. ¡Y seguimos avanzando!

Pero, ¿es humano quitar la vida a otro humano?

¿Es que en el año 2019 se puede aceptar que sigamos aplicando la ley del talión, del «ojo por ojo»? ¿Aceptamos mantener un rito tan primitivo que pertenece al orden de la naturaleza y del instinto?

¿Podemos seguir pisoteando impunemente el derecho a la vida proclamado en la Declaración Universal de Derechos Humanos?

¿Somos conscientes y se dice suficientemente en alto que no hay correlación alguna entre existencia de pena de muerte y disminución del crimen?

¿Somos conscientes de la irreversibilidad de la pena y de que como en cualquier acto humano se cometen errores?

¿Somos conscientes que la aplicación de la pena no se ajusta a criterios democráticos al no poseer todos los reos las mismas oportunidades de defensa?

¿Somos conscientes de que con la pena de muerte estamos aplicando una múltiple pena que abarca a toda la familia del reo encabezada por su madre?

¿Somos conscientes de que el reo, en cualquier caso, va a temer la muerte después del juicio y no antes del crimen, en reflexión hecha por Albert Camús?

¿Somos entonces conscientes que la medida no funciona como elemento intimidador o ejemplarizante? ¿O es que se va a volver a ajusticiar en la plaza pública al estilo de la Inquisición?

Es tiempo de volver atrás. Trabajar en la educación, la salud mental y la prevención.

«No hay ni malas hierbas ni hombres malos. Solo hay malos cultivadores» (Victor Hugo).