Vivir en las grafías

Lo que realmente me enfada es el empeño por incidir en lo que nos separa y no en lo que nos une

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Estoy preocupada. Yo quisiera hacer caso de las autoridades que me dan la bienvenida en diferido, como Cospedal a Bárcenas, y cambiarme el apellido por su versión valenciana. Todo con tal de «fer pàtria». El problema es que me llamo Pou. Y algunos pensarán «qué bien, ¡ya lo tienes hecho!». Pues no exactamente. Por lo que dice el escudo de armas de mi apellido, que obviamente representa un pozo, Pou es mallorquín. Supongo que es una buena noticia. Para unos -algunos de los promotores del cambio de las grafías- forma parte del entorno de los hablantes. Miel sobre hojuelas. Pero, ay, para otros, es una letra escarlata que recuerda mi conexión con esa otra lengua en la que usted me habla. Se mire por donde se mire, genera problemas. La tranquilidad que me da el apellido es saber que mis ancestros no vieron la necesidad de cambiar Pou por Pozo, dicho sea con todo el cariño a sus bautizados, porque ése y no otro es el origen de la iniciativa de algunos ayuntamientos: sugerir a quienes vivieron un cambio miedoso o acomodaticio en tiempos de la dictadura a volver a la grafía original. Es comprensible y, visto así, sin otros ropajes intencionados, no parece que sea grave. Pero seguramente lo defiendo porque soy una esquirola de apellido foráneo. Estoy acostumbrada. Unos me asocian con los blaveros y otros con los catalanistas. Será el sino de mi apellido. Sin embargo, me alegra saber que no decidieron cambiarlo. Imagino que fue porque las raíces de la Ribera, en Almussafes, hacía impensable e innecesario llamarse «Pozo». Como hace superfluo generar polémicas y sobre todo gasto público un asunto tan personal, familiar y privado. Desconozco el objetivo de este tipo de propuestas pero el contexto en el que vivimos no apunta nada bueno. Lo que realmente me enfada es el empeño por incidir en lo que nos separa y no en lo que nos une. En un mundo globalizado, donde sentimos a los refugiados como vecinos de otro lugar; a los turistas de muy lejos, como visitantes de otro barrio y a otras culturas, como formas distintas de ser personas iguales a nosotros, ¿es necesario marcar la grafía, el acento o la versión local? Entiendo que se quiera recuperar algo perdido pero todo depende de lo que consideremos pérdida. He visto tantos casos contrarios al que se plantea, envueltos en una hipocresía brutal, que me provoca muchas dudas el fondo de la iniciativa. Algunos que se llamaban Juan y en casa respondían a Juanico, reconvertidos en Joan por obra y gracia de un puesto de trabajo avalado por grupos que llaman Joan incluso al Apóstol preferido de Jesús, profundamente valenciano como sabemos. U otras que siempre fueron Lola por cinco generaciones de Lolas, Lolitas y Mª Dolores y devinieron en Dolors una tarde de abril porque debían hacer méritos nacionalistas ante sus jefes. Pero que en casa, cómo no, seguían siendo «la Loli». Lo dice, porque lo vio, la Pou, aquí y allende las islas.

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