COSAS QUE YA HEMOS VISTO

MIQUEL NADAL

En el momento de redactar la columna, aún estoy conmocionado por el partido de El Molinón, y recién pronunciado desde estas páginas por la destitución de Marcelino. En el fondo a uno no le gustaría dirimir sobre asuntos sobre los que puede que no tenga los elementos de juicio para dictaminar de forma razonable. Estoy, como tantos otros, en las vísperas del partido del sábado. Me encantaría ser desmentido por la realidad y no tener razón. Asumiría con gusto una victoria holgada frente a los de Pucela, que iniciara un ciclo virtuoso de goles, remates, ocasiones como el maná y de tránsito a un año en que rebosara la leche y la miel de la temporada del Centenario. Pero el fútbol, y el fútbol después de medio siglo mucho más, se asemeja a cierta sabiduría que nos permite en el cine identificar los acontecimientos que van a suceder, puesto que la escena uno la ha visto ya antes centenares de veces. Pasa mucho en las películas del Oeste. Se abren las puertas del Saloon. El camarero en el mostrador limpiando los vasos, alguien acomodado en la barra, el pianista y esas dos chicas de moral descuidada, los jugadores cuando aún no se ha descubierto que se han hecho trampas y el cobarde que decide marcharse. El buen aficionado a las películas de vaqueros casi podría identificar el momento exacto en que comenzarán a volar las sillas, y sonarán los disparos contra el forajido que se encontraba en el altillo. En las películas de vaqueros no hay duda sobre categorías y profesiones. El sheriff, el enterrador, el periodista borrachín, el banquero, la corista, la buena maestra, que esconde su belleza tras las gafas, los del ferrocarril, los ganaderos y los agricultores. Todos contra todos. Si se hicieran películas de crisis futbolísticas uno podría identificar también las mismas categorías, los mismos intereses creados, las mismas frases opulentas que ocultan intereses que no se pueden confesar. Se podría radiar hasta el momento en que se producirá la crisis, el desapego de los jugadores, el hastío de la grada, y el momento en que los dirigentes deciden sacrificar al entrenador, para protegerse a sí mismos de la ira popular. Todo ello conforma un dejà-vu, la sensación sobrecogedora que tendremos el sábado de pensar al ver la evolución de los jugadores en el terreno de juego, si todo se dirige hacia la tragedia o hacia la gloria, y lo malo será que las dos cosas ya las habremos visto y sentido. Ojalá me equivoque, ojalá tenga que arrepentirme y ojalá experimente el sentimiento de lo ya visto respecto de otros momentos de la historia del Valencia CF en que regateamos el camino hacia el abismo en el último momento. Sería peor ser preso de esa expresión francesa, L'esprit de l'escalier, cuando vienen a la cabeza las réplicas ingeniosas, las decisiones milagrosas que pudieron tomarse, cuando ya es tarde y se está bajando la escalera de la tribuna.

 

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