El vino con gaseosa

El sábado Valencia era un macrobotellón al aire libre y ante una simple reconvención recibías el poderoso argumento de «estamos en Fallas»

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

En mi infancia no hubo Coca-Cola ni chuches ni hamburguesas prefabricadas. Mi madre estaba en contra de todo eso. En su lugar, me daba Kina San Clemente, vino con gaseosa y albóndigas con salsa de almendras. No sé si era mejor opción que la contraria, pero relacionar el alcohol con una función salutífera y excepcional en un entorno familiar y controlado quizás me inmunizó contra el botellón y el consumo desmadrado. Nunca he relacionado el alcohol con el exceso. Todo lo contrario. Aún ahora, a veces, abro una botella de vino y no la pruebo durante la comida sino que únicamente me sirvo una copa mientras la preparo. Y me deleito. Tiene más de ritual personal que de conjuro social.

Es cierto que, con las cifras de abuso de alcohol entre los adolescentes, parece una aberración dar alcohol a un niño, pero el vino con gaseosa de mi infancia ayudaba a celebrar lo bueno, no a enfrentar lo malo. Era un regalo, no un truco para afrontar lo que requería agallas. Para el suspenso, el mal de amores o la timidez, era más eficaz un abrazo y un cachete. Por ese orden. Todo el apoyo del mundo primero pero una palmada y el mandato de 'tirar para adelante', después.

Sin embargo, cuando veo, como este fin de semana en Valencia, decenas de jóvenes en torno a las carpas falleras, rodeados de botellas de cerveza vacías o comprando ginebra en el súper con ciertas dificultades para mantener el equilibrio ante la cajera, me pregunto si no hubiera sido mejor que alguien les hubiera dado más vino con gaseosa y menos refrescos. Pero sobre todo que padres y madres hubieran pasado más tiempo con ellos enseñándoles para qué se bebe y para qué no. El sábado por la tarde, Valencia era un macrobotellón al aire libre y con total impunidad. Y no lo digo tanto por el ruido, porque ya sabemos que los derechos de los valencianos quedan en suspenso durante el mes de marzo. Lo llamativo era estar rodeado de chavales bebidos y recibir, ante una simple reconvención, el poderoso argumento de «estamos en Fallas». Como si las campañas que previenen el consumo de drogas y alcohol entre adolescentes y jóvenes fueran solo para la hora del almuerzo en el instituto, junto a un zumo y un bocata de jamón. Las adicciones no tienen vacaciones y la excepción en su prevención solo consigue desautorizar todo el trabajo continuado que hacen entidades como FAD o Controla Club. El resultado es reforzar el peligroso mensaje de que la fiesta solo se entiende con una buena cogorza. Y con el maltrato a la propia ciudad: toneladas no solo de cristales rotos, plásticos por las aceras o residuos humanos de aromas indescriptibles sino también papeleras y contenedores reventados con su contenido esparcido por la calle, árboles quemados y pivotes o maceteros arrancados. Atila y los hunos, a su lado, hubieran quedado como el desfile de un grupo de bailarinas con tutú, ensayando 'El lago de los cisnes' camino de los Pirineos.

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