Viejo no, me hago abuelo

Ahora soy un cascarrabias que siente alivio por las obligaciones de las que la edad le empieza a relevar

Viejo no, me hago abuelo
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

De pronto el mundo se ha llenado de personas más jóvenes que yo. Parejas con un sólo bebé pidiendo que les calienten el tarrito de la papilla por las cafeterías, grupos de chicos con flequillo que se desplazan erráticamente hacia las chicas que comen pipas sentadas en el respaldo de un banco de la plaza, novios recientes para los que la tarde amenaza incendio sin pedir más que un café en la terraza del bar, amigos que fuman y explotan de risa sin reparos... No sé cómo ni cuándo sucedió que me convertí en uno de los más mayores en cualquier sitio que me ponga, pero fue sin avisar. Y eso que yo suponía que nunca me pasaría, que lo de envejecer era propio de los demás, que lo de joven iba en el corazón.

Sí, he sido todos y cada uno de los jóvenes que ahora veo por la calle en algún momento de mi vida, pero ya no. El que lleva un ramo de flores con disimulo porque en España las flores significan amor, ese he sido yo. El que ya hace media hora que habla por teléfono y no para de decir «cuelga tú», ese también fui yo. Aquel otro que se ha dejado caer en un rincón del jardín botánico con una novela entre las manos y al que nada distrae de su lectura, también. Y no digamos ese papá divorciado con hijos que se ha enamorado de esa mamá divorciada con hijos y que está llenando de niños una furgoneta para irse de vacaciones, así me recuerdan en Valencia... Sin embargo, ahora soy un cascarrabias que siente alivio por las obligaciones de las que la edad le empieza a relevar.

El fin de semana, sin ir más lejos, lo pasé con mi hija pequeña en un parque de atracciones. La compensación normal si pensamos que la pobre ya no tiene colegio y que viene cada día conmigo al Parlamento a hacer sus deberes con Espe. En el parque me subí con ella en trece montañas rusas diferentes, ¡trece! Me pusieron patas arriba, patas abajo, con las piernas en presentación ginecológica, me dieron vueltas de campana, me mojaron y me tiraron de una altura equivalente a un quinto piso. En uno de esos golpes gratuitos, un crujido en mis cervicales me hizo ver un punto rojo, el cuello se me quedó sin fuerza como a los pollos en la carnicería y me mareé, pues aun así la niña me rogó subir a otra montaña rusa más, «una que va sin railes, papi», y no supe negarme. Luego, vomité a escondidas.

Me vino entonces este pensamiento fijo de que he dejado de ser joven. Yo creía que aún lo era. Y aunque me da pena, en el fondo es una liberación si pienso que ya nunca más tendré que subir a otra montaña rusa. Aunque esta noche, mientras escribo, he mirado a mi hijita durmiendo feliz junto a mí y me he preguntado: Esteban, ¿si mañana te pide regresar al parque qué harás? Pues ir otra vez y marearme otra vez, ¿qué opción tengo? La cara se me ha hecho vieja, lo de joven se me ha quitado, pero lo de blando no, eso va a más... Che, ¿no me estaré transformando en abuelo?