VERANOS AZULES

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

No intenten ver esa serie que tanto les gustaba hace años en la tele en blanco y negro. Nunca debemos volver al sitio o a la serie que nos chiflaba de pequeños porque suelen decepcionarnos. Ellos no han cambiado, pero nosotros, sí. Y se nota. Una vez me empeñé en volver al lugar donde pasaba las Pascuas de cría, jugando sin parar con los primos, los amigos y los vecinos; escalando montañas y bajando al río. Los escenarios seguían allí y no dejaban de ser maravillosos, pero mi vida ya no estaba allí. Y muchos de quienes me acompañaban entonces, tampoco. Es mejor guardar el recuerdo infantil tal como está, porque tiene aromas, risas y banda sonora de felicidad. Verlo ahora es mirar un decorado sin alma. Un atrezzo al que le falta movimiento y vida. Con las series pasa lo mismo. Adoraba a 'Heidi' de pequeña. Crecí con ella. Me sabía hasta los diálogos, tenía los cassettes con la música y miles de libros y cuadernos para pintarla. Cuando vi un episodio hace poco me asombró que me llenara tanto una niña cursi, moñas y un tanto pánfila. Sin llegar a eso, también lo intenté con las grandes series que no me dejaban ver de pequeña como 'Los gozos y las sombras' o 'Cañas y barro'. Su calidad está fuera de toda duda, pero a la vista de nuestras costumbres de hoy son lentas, pesadas y recargadas. Les falta acción, giros de guion, sorpresa, todos los recursos que utilizan las series actuales y que nos enganchan calculadamente. Hasta 'Verano Azul', la serie mítica que reflejaba nuestros agostos infantiles, resulta ahora demasiado previsible y un tanto convencional. Hemos visto muchas cosas, hemos paladeado nuevos sabores, hemos viajado a lugares remotos y ya no nos sorprende lo mismo. El 600 nos producirá nostalgia pero preferimos conducir un coche actual. Al menos, con aire acondicionado.