Un verano para recordar

El país tiene serios problemas, pero solo se habla del calor... y de los mosquitos

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

El país está sin gobierno, con la vida política bloqueada; pero en mi entorno de lo que se habla a todas horas, de un modo obsesivo, es de los mosquitos. De los insaciables, crueles, agresivos mosquitos... y del calor. Porque nunca antes, por lo que parece, habíamos tenido calores como estos. Ni mosquitos tan canallas como los que nos atosigan.

Escribo de madrugada, con las ventanas abiertas, en busca de la más pequeña brizna de aire fresco, y no consigo centrarme en los problemas de España. En un viaje a Valencia, el presidente ha intentado ganar un voto, el del diputado Baldoví; pero necesita muchos más. Si Pedro Sánchez quiere hacer solo un «gobierno progresista» pero no quiere vincularse con Podemos, difícil está la cosa. O anuncia que quiere hacer un gobierno moderado, con programa de centro, o vamos a nuevas elecciones, me digo para asustarme. El Rey no tendrá más remedio que convocar elecciones para el 10 de noviembre.

Cuando pienso en noviembre me reconforta la idea de quedarme en casa, calentito, sin ir a votar. ¿Habremos encendido ya las estufas para entonces? Puede que no; pero es hermoso pensar que esos días buscaremos el calor y se habrá producido una gran mortandad, una hecatombe de mosquitos. Son casi las dos de la madrugada y no se mueve una hoja. La ventana tiene una barrera de inciensos y albahacas, las plantas «espanta-mosquitos», y frente a mí, una estantería rebosa de productos contra insectos voladores. Es un arsenal de citronella, pulseras, velas, enchufes dosificadores, aceites de romero, sprays repelentes y cremas que mitigan el picor y la hinchazón. El bodegón está presidido por un nebulizador, tamaño extintor de coche, que este año es la estrella del mercado de guerra; un producto milagroso que, aseguran, crea una barrera protectora, una frontera letal para toda clase de insectos.

En el verano valenciano, da igual que sea de mar que de montaña, la gente está mezclando a grandes dosis los más brutales insecticidas que encuentra con los crudos telediarios que detallan los problemas políticos. Y con los pertinaces, recalcitrantes informes meteorológicos que generan verdadera histeria colectiva sobre el calor. Todo, bien mezclado, en la comida y la cena, configura un cóctel tóxico que consumimos con la mirada estupefacta de los que un día verán la llegada del juicio final. Algunos, intentan escapar del bucle nocivo con afirmaciones insospechadas: en Vancouver no hay mosquitos; en Reikiavik ha hecho 18 de máxima; en Alemania, socialdemócratas y los liberales hacen gobiernos de concentración... Son ideas-sueño, enunciados señuelo que lanzamos para levantar el ánimo y sobrellevar un nuevo día de bloqueo, calor y bichos. Esta tarde estaba fumigando los macizos con mi mochila Matabi, y mientras bombeaba con energía he observado que un mosquito-tigre, horroroso, picaba en mi pantorrilla. Le he lanzado -me he lanzado a la pierna- un chorro de insecticida seis veces más concentrado que el que recomienda el fabricante. Y como el maldito seguía chupando sin soltar, me he pegado un guantazo en la pata. Ha quedado un chafarrinón de sangre, sin duda mía, bañada de insecticida. Un verano para recordar.