EN VENTA GAETA

Mª ÁNGELES ARAZO

Los frecuentes reportajes televisivos sobre 'La España vacía' me han hecho recordar aquellos que realicé en nuestras comarcas del interior cuando ya empezaban a quedarse también sin vida. A Venta Gaeta, aldea de Cortes de Pallás, fui muy temprano, una mañana fría, transparente; la chopera amarilleaba y los álamos de la entrada ya estaban dorándose, como las hojas de los manzanos. Me encontré a una viejecita, muy menuda y tan sorda como recelosa. No permitió que le acompañara a la huerta ni a su casa; se detuvo llena de desconfianza. '¿Y por qué ha venío..? ¿Y para qué quiere que le cuente cosas..? ¿Y por qué escribe..?

La viejecita no atendía a razones y tomó una resolución: «La voy a llevar al alcalde...» Y una vez delante de él, que estaba desayunando, me señaló: «Dice que escribe. Tú veras. Cuidadico con lo que cuentas.»

El alcalde pedáneo, Antonio Maiques, administraba la antigua fábrica del Duque de Gaeta y contribuía a que los niños dispusieran de fácil comunicación para ir a Requena, donde los escolares de 6 a 14 años permanecían internos de lunes a viernes en la Escuela Hogar Cirilo Cánovas. El alcalde cargaba los críos en su 4L hasta Los Pedrones, donde enlazaban con la Requenense. Otros iban en taxi.

«Por los hijos -comentaba ya entonces el alcalde-, la gente emigra.» Y me habló del éxodo que comenzó en los años 50. Teodoro Grau fue el primero que puso en venta sus tierras y la casa. Se lo jugó todo porque tenía siete hijos; y le siguió el tío Ernesto. También padre de familia numerosa...

Amparo, la esposa del alcalde, cercana, comunicativa, me acompañó por las solitarias callecitas, explicándome que en Venta Gaeta no había ningún analfabeto y que las mujeres leían los semanarios «y así ven como viven las princesas y las artistas, y saben que los hijos de personajes importantes estudian en Suiza e Inglaterra.»

En este punto recapacitó para comentar: «Aquí, no, aquí tenemos siempre a los hijos con nosotros, y los cuidamos si están malicos; y cuando son muy pequeños, no nos lo comemos a besos por puro milagro.»