Tenía que venir

MIQUEL NADAL

Lo primero a decir de lo sucedido en Andalucía es que clausura esa suerte de excepción de nuestro sistema de partidos que permitía que España, gracias al centro derecha tan denostado y la Constitución, tuviera un dique de contención del mensaje para-liberal, y fuera el único de los Estados de la Unión Europea sin presencia del fenómeno consolidado del populismo de derechas. No es que fuéramos más listos, ilustrados y demócratas que otros. Cuando para problemas complejos, como el de la inmigración, se alientan soluciones líricas y sencillas, no debe extrañar que surjan soluciones también sencillas, pero no tan líricas, con prosa policial. Es lo que tiene degradar la fortaleza simbólica de las instituciones, que a izquierda y derecha le salen guiños a la calle, a la protesta, a la revuelta y a la representación real. El juego de dividir al centro derecha mediante el truco de la extrema derecha puede salir bien si la hemorragia de votos es estéril y no accede a las asambleas, pero puede salir mal si el voto permite representación parlamentaria. Se incrementan los elementos del sumatorio. Da incluso para pensar hasta qué punto la corrección política no ha comportado, también, que se abra la caja de Pandora y lo que antes no era un problema, a fuerza de insuflarle la vida no se ha convertido en el Gólem, esa leyenda judía, ahora en forma de criatura creada de manera artificial de la arcilla de la demoscopia, que se escapa y provoca catástrofes electorales. «La boca de cada hombre se convierte en la boca de Dios, si crees que es la boca de Dios». «Cada ú té el seu rei en lo ventre», dice la literatura popular, y eso no justifica que se nos dé la razón. Mayo del 68 fue el movimiento que hizo saltar las costuras de las contradicciones culturales del capitalismo. Al final acabó venciendo De Gaulle, con el acuerdo sindical y la manifestación que montó André Malraux y que puso punto final al caos. Cada Revolución tiene su reacción en Termidor, o en el 18 de Brumario. Las imágenes en París no son las de Mayo de 68. ¿Hasta qué punto no las hemos patrocinado con los suplementos del cincuentenario? Es una nueva rebelión transversal por el precio del diésel, de los sectores amenazados por la globalización, de los temerosos del futuro, de los que poco tienen que perder. La demagogia no solo crea más demagogia, envenenando y degradando el discurso público, sino algo peor, cría y engorda el monstruo populista al que no se puede quitar la razón, ni desmentir su apropiación de la calle y de la palabra pueblo. La inmigración, el modelo productivo, la caída de la natalidad, el futuro de las pensiones, el desprecio al mérito y la inteligencia son fenómenos a resolver con rigor intelectual, haciendo números, sin agitaciones innecesarias. De lo contrario la demagogia, y no el sueño de la razón, es lo que acaba generando los monstruos.

 

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