VELETA NACIÓN

RAMÓN PALOMAR

Se ha extendido el uso de «veleta» para denigrar al adversario que, se supone, ofrece mensajes basados en lo que ellos creen responde al barómetro vital de la opinión pública. Ciudadanos sería un partido veleta porque nunca sabemos si suben o bajan por la escalera, al perfecto estilo galaico. El PP también habría abrazado el veletismo con su giro hacia ese centro que intuyen, a saber, es el oasis que abreva a los caravaneros del desierto.

Pero, más allá de estas acusaciones, basta una ligera cavilación para establecer que, en realidad, moramos en una nación veleta. El funeral de Rubalcaba así lo podría indicar. Madre mía, cómo se le calificaba cuando andaba vigoroso entre las bambalinas de la política...Durante sus últimos tiempos de parlamentario con galones le apuntaron porque ejemplificaba una vida casi entera incrustado en las administraciones bajo el sueldo de España. La nueva política de los pimpollos de diseño y de los «no nos representan», así como la mayor parte de los influenciables ciudadanos que siguen las modas vocingleras, criticaban duramente a los engarfiados a la mamandurria, ¿recuerdan? Ah, esos políticos profesionales que debutaron jóvenes y siguen viejunos aferrados al escaño, al cargo, al coche oficial; sí, ellos eran los culpables de nuestros males. Bueno, pues a eso, en caso de fallecimiento, se le denomina «toda una vida al servicio de España». Somos unos veletas tremendos de faz dura como el hormigón. Imagino que el buen sabor de boca que sin duda deja Rubalcaba se debe a la discreción con la que finalizó sus lustros políticos. No atravesó puertas giratorias hacia el sueldazo, regresó silencioso a las aulas universitarias y quizá por ello ahora tanto le valoran. Nos encanta cuando alguien se encapsula en una suerte de oscuro exilio interior. Veleta nación, así somos.