EL VÁTERGATES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me gusta creer que el idioma valenciano es absolutamente invencible en expresiones referentes a la escatología. Y además no suena chabacano. Por ejemplo, hay algo entre lírico y agrario en esa frase que menciona los pardos residuos flotantes que se bambolean confusos sobre las aguas de una acequia indicando un estado mental de hondo y melancólico despiste. Y si no reconocen ustedes la sentencia a la que apelo, un verdadero clásico de nuestra cultura subterránea, apaga y vámonos. Este lado mediterráneo nuestro, entre lo sublime y lo desparramado, me llevó a apreciar gozoso las páginas en las cuales Dalí escribía acerca de sus deposiciones mañaneras. El genial pintor, ignoro la veracidad de lo que narraba, examinaba el fruto de sus entrañas todas las mañanas y consignaba el color, la textura, el perfume, la forma. Cuando la cosa iba bien fluida, mostraba una alegría impagable. Ya no recuerdo en qué libro contaba la trastada que practicaba de pequeño para inquietar a su familia. Escondía el regalito en cualquier cajón, con lo cual su padre, el notario, se ponía de los nervios. Los mantenía en tensión hasta que un miembro del servicio o de la familia descubría la sorpresa. No importa si esos arrebatos nacían de su imaginación o respondían a la realidad, como lector me partía de risa. Ahora que Bill Gates promociona un inodoro mágico que contribuirá a la higiene y el ahorro, me pregunto qué pensaría Dalí de este revolucionario invento... Si los alquimistas se rompían los cuernos tratando de mutar el plomo en oro, el trono de Gates transforma la mierda humana en purísimo fertilizante, y sin consumir agua. Esto sí es progreso fetén. Claro que, imagino que la calidad de ese abono dependerá de si zampamos en un restaurante consagrado por las estrellas Michelin o en un antro de comida basura, ¿no?

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