Nos vamos a Sevilla

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Me prometí aguantar hasta el viernes 24 de mayo a las dos de la tarde para decirle a mi hijo que nos íbamos a Sevilla. A mí me pasa como a mi padre, que este tipo de emociones me arden las manos y las soltamos sin miramiento. En casa de mi padre Papá Noel siempre pasaba antes de la cena de Nochebuena. Mi hijo anda revoltoso estos últimos meses entre el calor, los aparatos electrónicos y ese cóctel de hormonas que le aleja de la niñez al mismo paso que lo aproxima a la adolescencia. El jueves por la noche se lo dije: «Alexis, nos vamos a Sevilla». Mi hijo nació en 2007, un año antes de que el Valencia levantara la Copa del Rey jamás celebrada. Los títulos están para festejarlos y los valencianistas perdimos una oportunidad única para abrazarnos. El lustro glorioso, como lo tituló Paco Lloret en el libro del centenario que regaló LAS PROVINCIAS esta temporada, estaba demasiado reciente, por lo que caímos en la idiotez de pensar que la Copa del Rey podía ser un título menor para un equipo que estaba hecho para más altas cotas. Hoy, una década y un año después, la vida se ha encargado de bañar de realidad al valencianismo, de ubicarlo de nuevo en los parámetros de la humildad y reflotar ese espíritu bronco y copero que llevará al equipo de Marcelino a levantar la Copa el próximo sábado en el Benito Villamarín. «Papá, yo quiero ir a la final porque no voy a vivir ninguna más en toda mi vida», suplicaba mi hijo preso del falso castigo firmado por un padre más propenso al indulto que a la pena. El viernes hablé por teléfono con Rafa Lahuerta y entre otras cuestiones le comenté mi viaje a Sevilla en compañía de Alexis, que tiene 12 años. «Fenomenal Héctor, es la edad ideal para que se acuerde toda la vida. Esta es su final, la que va a disfrutar contigo, con su padre. Si vienen otras no será lo mismo», relataba casi con un entusiasmo mayor que el mío. La de Sevilla quizá signifique para los Esteban lo mismo que la de Heysel para los Lahuerta. Llevaremos camiseta, bufanda y bandera para celebrar una victoria que estoy convencido que el Valencia conseguirá. Un viaje en solitario padre e hijo, carretera y manta con escalas, para hablar de fútbol, mucho fútbol. En Sevilla hemos quedado con amigos, algunos con sus hijos, para reunirnos e inyectarnos la moral del invencible. Mi hijo ya tuvo su partido. El mío fue el de la ausencia ante el Banik Ostrava y el suyo la remontada ante el Basilea. Mi edad no me permitió ir al Calderón en 1979 ni a Bruselas un año después. Mi valencianismo se forjó en esa travesía por el desierto que incluyó un descenso. Mi final fue la perdida del agua, acompañado de amigos. El tiempo ha sido justo para brindarme una con mi hijo. Todo está alineado para volver a Valencia con un trofeo más en las vitrinas y un recuerdo de por vida.