El valor

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Algunos actos elevan hombres, colectivos y países hacia los altares del valor. Más allá de las ideologías lastradas por el fanatismo ceporro, la admiración nos embarga en esos casos. Pero desde luego, debemos asumirlo con deportividad, la cota conseguida por el FC Barcelona despojando al Franco embalsamado de las medallas que le concedió repetidas veces se nos antoja suprema. Este arrebato audaz, temerario, bravísimo, nos produce escalofríos porque sin duda representa el valor en estado puro. Se me encoge el alma cuando descubro que ese club que es más que un club le regaló la última medalla en 1974. Se jugaron sin duda el pellejo frente a un octogenario dictador con un pie en la tumba. Ignoro si Dionisio Ridruejo, opositor de primera hora al franquismo, tras padecer arrestos y penurias, todavía vivía (falleció, creo recordar, pocos meses antes que Franco, terrible injusticia cósmica), pero lo suyo al lado de los del actual y valiente Barça suena a fruslería. En el 74, por lo que he leído, el cotarro se movía bastante frente al inmovilista movimiento. La calle segregaba zafarrancho rebelde, proyectaba runrún de libertad, fomentaba tomate de democracia. Algunos estudiantes recibían ración de porra de parte de los grises, verdaderos sindicalistas de la escuela de Redondo y Camacho lanzaban pasquines antifranquistas, intelectuales y profesores de universidad chupaban exilio o trena por motivos políticos y, en fin, gerifaltes tan espabilados como oportunistas conspiraban desde las sombras de las bambalinas del poder preparando un alambicado relevo que evitase otra catastrófica guerra civil. Mientras esto sucedía el Barça medalleaba al dictador para ver si lo infartaba de la emoción. No cuajó el plan, pero el ejemplo quedará para la posteridad grabado en letras de oro y tres por ciento.