¿Qué será del valle de Ayora?

¿Qué será del valle de Ayora?
j. monzo

El valle de Ayora-Cofrentes va camino de la desnuclearización. La decisión empresarial (y política) está empezando a andar con paso decidido. Basta coleccionar el goteo de noticias sobre el cambio del átomo por las renovables para verlas venir. Aunque no se vaya a empezar por Levante (como sí se hizo cuando la expulsión de los moriscos de España).

Pero le llegará su turno al suroeste provincial. El momento en que menguarán las dos torres de refrigeración de la Central Nuclear del Júcar y en que, en días claros y fríos, ya no podremos señalar desde la capital: «¿Ves aquellas columnas blancas, tras las montañas?, pues allí está Cofrentes...».

Quedarán labores de desmontaje, durante tiempo, y esqueletos constructivos y fotos y recuerdos. Que nos vendrán desde los años 70 del siglo pasado. ¡Media centuria!.

Así que tenemos que ver qué hacemos con el valle...

Muchos terrenos que podrían ser grandes fincas, sobre todo al sur del amplio término ayorino, han pasado a ser grandes cotos cinegéticos particulares. Y a muchos desertores del arado les ha venido bien la enajenación. Mientras tanto, en la parte más septentrional del valle (en particular las partes orientales de los términos de Jalance y Cofrentes) la proteccionista Reserva de Caza Mayor no es más que una salvaje plaga divina sobre los campos secanos de oliveras y almendros.

Eso sí, ni el turismo europeo invertidor (ya que no la industria zapatera) que subía por abajo, desde la playa alicantina por el Vinalopó, ha continuado tras la crisis del ladrillo ni la modernización vitivinícola de su norte altiplano requenense ha plantado esquejes o abierto ramificaciones en nuestro gran fondo vallejo.

Aunque dos pequeños pivotes parecen querer bascular, por lo menos, a ambos extremos de la comarca. El industrial de la miel en Ayora (ANA, Asociación Nacional de Apicultores), con su entusiasta fiesta del Corte de la Miel, y el complejo balneoterápico de Los Hervideros de Cofrentes, salvado por los agüistas del IMSERSO y con las emprendedoras iniciativas de la Fiesta de la Maderada sobre el afluente Cabriel y la ruta de barco fluvial por el cañón del río Júcar.

En medio, los anodinados pueblos de Zarra (que no alcanza a ser una Serra con sus deliciosas cerezas) y de Teresa, que no se atreve a compararse (con su Caroche) al montañero reclamo de Peñagolosa.

Jalance, de grandioso hotel injustificable y Cueva de Don Juan recóndita (de por medias, los almibarados melocotones 'La Jalancina'), y Jarafuel, con una perdida loable artesanía del almez y un camping único de secano (de por medias, el excelente aceite cooperativista), sólo aciertan a apuntar maneras.

Quedándonos, como siempre, Cortes de Pallás a la traspuesta. Ejemplo de desaprovechamiento de recursos (Muela, embalse, valle morisco...), gracias a saciarse con la ubre del importantísimo complejo hidroeléctrico de Iberdrola. Que, por cierto, tendrá que determinar qué será cuando desaparezca la energía nuclear nocturna sobrante generada en el vecino término.

Y de vecindad toca hablar. Mejor dicho, de darse las espaldas; de ignorarse.

A estas alturas (hasta lo corrabora el departamento de Geografía de la Universidad) si no encendemos y alimentamos la hoguera del turismo en esta comarca, como en otras varias valencianas, se nos acaba el pan y, por ende, se nos cae el censo.

No sólo con viejos subsistiremos y con las pensiones que recogen, no que generan.

Sin industrias forestales (de escaso rendimiento), sin producción agraria (parcos de mentes y manos instruidas), sin ganaderías ni pequeñas industrias con atractivo...; mal que nos pese..., el destino es turístico. Arramblar para casa con visitantes y sus dineros en el bolsillo. A cambio de algo, por supuesto: patrimonio monumental, etnografía, artesanía, calidad de los productos locales, gastronomía, eventos lúdicos y actividades de relax y de acción.

Pero para eso nos hacen faltan dos cosas en nuestro valle: que como vecinos nos deje de molestar la llegada de visitantes y forasteros y que los ediles sean listos y eficaces. Mirarnos el ombligo no nos dará de comer más y mejor.

De momento, seguimos agarrados a nuestro campanario parroquial; incapaces de poner en común a los siete (magníficos) pueblos de la zona. De reunirse, de acordar, de compartir, de colaborar, de participar, de ensamblar, de repartir, de coordinar, de prorratear...

Nos faltan reuniones periódicas fijas e itinerantes de ediles y técnicos comarcanos. Redacción y firma política de documentos con proyectos biencomunales comprometedores. Bolsas colectivas de recursos y ofertas locales que, cuando desborden una esquina beneficien a la otra. Calendarios publicitados de certámenes consecutivos. Oficina comarcal «en la calle de la Paz», a escote. Autobuses finsemaneros, recorredores y con 'packs' arreglados. Folletos y publicaciones colectivos. Emisora vallera o cuñas en radios capitalinas. Rutas, no exclusivamente localistas, e itinerarios largos, adecuados, adaptadas y bien explicados...

Y así nos va.

Y la Central Nuclear de Cofrentes como vino se irá.

Y quizás nos quedemos mirando al cielo.

Soñando con el Mediterráneo, como ya auguró Joan Manuel Serrat: «...pueblo blanco... ...coge tu mula, tu hembra y tu arreo... ...y si te toca llorar, es mejor frente al mar...».