Valencia vacía

CÉSAR GAVELA

La provincia de Valencia tiene más de dos millones y medio de habitantes. Eso significa que supera en población a varios países de la Unión Europea: sextuplica los vecinos de Malta, quintuplica los de Luxemburgo, triplica los de Chipre, duplica los de Estonia, rebasa ampliamente los de Letonia, supera los de un estado pequeño pero prestigioso como Eslovenia y casi empata con Lituania. Si hablamos en términos de comunidad, superamos a dos países más de la Unión: Croacia e Irlanda. Quedando muy cerca de Eslovaquia, Finlandia y Dinamarca.

Valencia pues, provincia y comunidad, está bastante llena. Baste decir que si España tuviera la densidad demográfica de nuestra región, en lugar de rondar los 47 millones de habitantes actuales, llegaríamos a 107. Es decir, superaríamos nada menos que en 25 millones a Alemania, y seríamos el país más poblado del continente después de la interminable y eurásica Rusia.

Valencia no forma parte de la España vacía, cuyo sector más desertizado lo componen las provincias del Sistema Ibérico de Soria y Teruel, el norte de Cuenca y el este de Guadalajara. Ahora bien, en el interior de nuestra comunidad, hay zonas donde viven pocos habitantes. Justamente, las que pertenecen a dicho Sistema Ibérico.

¿Qué se puede hacer para evitar un proceso despoblador que, por otra parte, también expresa el derecho fundamental de las personas a vivir donde consideren oportuno; derecho que, por cierto, jamás existió en los regímenes comunistas? Solo parece haber un camino: mejorar los servicios públicos, crear beneficios fiscales y hacer más atractivo el arraigo de propios y forasteros en los territorios en serio peligro de despoblación. Otro instrumento sería potenciar el papel de las cabeceras de comarca. Y ello no significa promover la comarcalización política general, tan querida por el nacionalismo. No; se trata de 'comarcalizar' solo los territorios donde la despoblación sea más aguda, tal y como sucede en Los Serranos o en el Rincón de Ademuz, el lugar más peculiar de toda la comunidad. Algo así como nuestro 'valle de Arán'. Ademuz, seguramente, necesita un rango administrativo que favorezca una esperanza que, hoy por hoy, se antoja muy complicada.

Lo que no necesitan esos territorios vacíos o en riesgo de estarlo es el discurso lacrimógeno de muchos urbanitas que no tienen el más mínimo interés en abandonar sus ciudades, sus ventajas y rutinas agradables, y que escriben severos dicterios acerca de la despoblación rural. La lamentación puede ser literaria y el olvido tiene su encanto, pero es muy difícil frenar el natural deseo de la mayoría de la gente, que es vivir en las áreas metropolitanas. Es un proceso que parece poco reversible. Aunque siempre habrá grupos de personas sensibles y admirables que abandonarán la urbe para instalarse en una hermosa aldea rica en agua, soledad y silencio.