LA VALENCIA SOÑADA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A veces me gusta fantasear con una Valencia diferente. Imagino, por ejemplo, que en lugar de la plaza de la Reina se mantiene la de Zaragoza, entre callejuelas estrechas, y en ella surge la fachada barroca de la Catedral y un Miguelete que se ha completado y es esbelto, no chato. Me voy luego hasta la plaza del Ayuntamiento y no está el edificio de cristales sino un inmueble que no desentona con el estilo y la escala del resto de las construcciones. Voy rebajando las alturas de las fincas cuando paso por la calle de las Barcas y, sobre todo, cuando llegó a Colón, que en mi mente recupera la imagen del siglo XIX, el arbolado, el tranvía, las casas burguesas de no más de cuatro o cinco alturas... Esa especie de guillotina la aplicó por todo el Ensanche, donde de repente vuelve e aparecer el colegio de las Teresianas, y así todo el barrio gana en armonía constructiva. Cuando voy a cruzar el viejo cauce pienso en lo conveniente que hubiera sido dejar un pequeño lecho del río a lo largo de todo su recorrido y llevar a otros emplazamientos algunos equipamientos necesarios para la ciudad pero que no deberían haberse situado en el pulmón verde de Valencia, como el Gulliver, el estadio de atletismo o el espacio multiusos que igual sirve para el disparo de castillo que para la Feria de abril. Me voy hasta Blasco Ibáñez pasando por General Elio y me acuerdo del palacete de Ripalda y de la antigua Feria de Muestras y concluyo que lo que se levantó en su lugar no mejoró lo preexistente. Ya en el viejo Paseo al Mar mis sueños sacan del baúl de los proyectos las casitas que como las de los periodistas debían jalonar a uno y otro lado el bulevar que llegaría hasta la playa. Cruzo por delante del colegio mayor Luis Vives, que permanece cerrado, y le asigno un destino más honorable a su estilo y a su autor. Dejo atrás Serrería y me meto en el Cabanyal, donde nuevamente saco la guillotina que secciona edificios de ocho alturas y los deja en dos o tres, con lo que todo el barrio vuelve a parecer el pueblo que fue, incluso con hombres y mujeres que sacan las sillas a las puertas de su domicilio y hablan entre sí en lugar de ver la tele. He llegado hasta el paseo Marítimo y lo he cambiado por completo, ya no es esa fea sucesión monótona de farolas y palmeritas escuálidas con bloques de hormigón idénticos que hacen las veces de chiringuitos. Y por el paseo Neptuno me meto en el Grao, primero la Marina y luego el gran puerto comercial. Lo veo destinado a usos lúdicos, sin unos contenedores que se han ido a Sagunto, el gran centro logístico del Mediterráneo. Hay museos, un palacio de congresos, hoteles, restaurantes, cines... Luego me despierto y me doy cuenta que todo era un sueño y que hay una Valencia real, muy distinta a la imaginada, que necesita soluciones y no fantasías.