La Valencia no radial

MIGUEL APARICI NAVARRO

Se nos llena la boca con Madrid. Que si epicentro peninsular. Que si equidistante estratégica Corte desde las invadibles costas. Que si carreteras nacionales franquistas: I, II, III, IV, V y VI. Que si las modernas y antieconómicas recorta-autovías ERRES'...

Pero pasa lo mismo con Valencia, con nuestra propia provincia. Sólo que como media luna, por estar siempre menguante el territorio por el mar, que avanza levantino.

Sales de la valerosa colonia romana y tiras de regla. Para el Norte, para el Sur. Bajada latitudinal romana, subida cartaginesa. Vía Hercúlea, Vía Augusta. En definitiva, la ruta que marca la costa; la más transitable, la más rápida y segura.

Por la huerta nórdica que El Cid y Jaime I adoptaron como camino de entrada. Hacia unas puertas ciudadelas que mirarán, monumentales, cara a la civilización cristiana o europea transpirenaica.

Y atravesando, en cardo, hacia el mediodía; de nuevo entre huertas, bien que abordillados ante la inmediata húmeda Albufera. Vadeando por la isla alcireña y confusos ante los muros setabenses. ¿Por dónde seguir? Costa de dura marina, interior de peñascosa morisma o naturalidad de paso en costalera?

Valencia es tan radial como Madrid. Sólo que de una pierna, la que anda por la tierra; primero aluvial, luego caliza-montañera.

Hacia el Norte, en línea recta. Por donde el tren y la carretera, la autovía y el corredor centroeuropeo que se pretende.

Hacia el Sur, en plomada; también. Sólo que tridentina en su punta, tri-radializada a su vez; ya cuando casi alicantina: la punta marina, la central (digo, alcoyana y tardía) y la almansera o histórica.

La marinera arremetida con la turística y de pago autovía 7, carril turístico auropeista; aunque mal querida por el ferrocarril.

La central, casi reciente, alargando el valle albaidense por la región barranquera industrial de donde los Petracos y los plantes de Al-Azraq.

Y la ponental, la preferida; por las legiones, por los elefantes aníbales, la reconquista montesiana, la diligencia real y cortesana... y los autoviales y los trenes desde siempre; a la espera del AVE alicantino, que avergüenza.

Pero ofrece Valencia otros dos radios. El del bajo Aragón y el central.

El más alto de nivel, confeccionando par entre la N-234 y la C-234; parientes de nombre postcivilista, aunque ahora caminos renombrados. En autovía mudéjar y en CV serranera. Ambas con la misma orientación brujuleadora: una por el Palancia, aguas arriba, otra por el Turia. Flanqueando, por los dos lados, la sierra Calderona y dándose la mano a los pies del Teruel frío y jamonero.

La céntrica, la de occidente (como hacia el origen lusitano...), a lo brusco. Por el portillo de Las Cabrillas. Dando el salto al borde de la altiplana meseta; pasada de bando, de viejo cereal conquense a actual risueña viña con caldos de diseño. Con un viaducto apilonado al que le faltan cuatro para alcanzar la gloria hítica de los dos mil metros.

Radio con palo metido entremedias. Tramo bandolero. De desprendimientos amenazando los férreos convoyes Grao-Utiel. De fosa cabrieliena y de primera alta velocidad; costase lo que costase, incluso con los Cuchillos ecológicos amenazantes.

Y así concluimos. Cerrado el abanico ante el mar de la Maiorica.

Con un full vial en la mano: Norte catalán-europeo, Noroeste bajo-aragonés, centro austro-borbónico y sur tridentino de montaña... Pero..., nos falta una carta. Precisamente la única que no es radial.

Hay una tierra valenciana a la que no se va. A la que se llega, si hay voluntad.

Que no tiene carril direccional inequívoco, que no se presiente desde nuestro casal.

Está tras los montes. Oculta. De hecho, hay que rodear y quebrar la ruta en ángulo para alcanzarla.

Constituye nuestro Suroeste. Porque el Suroeste valenciano existe.

Se llama valle de Ayora; a veces, en femenino: la Valle. Otras veces, de Cofrentes; pues, en tiempos, éste centró Gobernación.

Martés, Ave y Caballón primero, luego Caroche, son las tres barreras de mil metros que nos lo emboscan.

Quiso tener camino; radial también. Por Torrente y Turís y el río Magro arriba (que pudo ser camino a Madrid, por La Manchuela). De facto fue el auténtico camino ibérico, el primigenio, desde la desembocadura del Sucro hasta Kelín (en Caudete de las Fuentes), recalando en La Carencia turisana y en Los Ajos yatovenses.

Quiso, al menos, tener carretera transcomarcal: Teresa de la Valle a Navarrés de la Canal; que quedó en nada.

Quiso, y algo consiguió, un paso transalpino y solitario, entre Ayora y Enguera; aunque no el tranvía eléctrico decimonónico que algún parturiento pensó de acompañante.

Soñó, también, con un ferrocarril Almansa-Cofrentes. Que se desinfló, como su fiebre del oro en el volcán de Cerro Agrás.

Suerte de Central Nuclear que modernizó tal carretera transversal valenciana. Vial a la traspuesta, foráneo, lejos de vistas capitalinas. De paso lontano. De hecho: la que iba, y los maquis por ella, de Cartagena y Murcia a Francia por Zaragoza.