EN VALENCIA SÍ, EN MADRID NO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Es muy fácil de imaginar la escena, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias reunidos por no sé cuánta vez para tratar de desbloquear un pacto que haga posible la investidura del líder socialista y nos evite el calvario de unas nuevas elecciones. Pero Pedro, le debió de decir el dirigente podemista, si al fin y al cabo no te pido nada raro, una vicepresidencia, lo que en Valencia le habéis dado a mi partido (para gran disgusto de Mónica Oltra, podía haber añadido). Y es cierto. ¿Por qué entonces lo que es válido para la Generalitat no lo es para el Gobierno de España? El socialismo vive inmerso en este tipo de contradicciones, puede quedar a hablar y a negociar con regionalistas, nacionalistas y hasta separatistas y puede ofrecer una especie de pacto o acuerdo (más bien un trágala) a los populistas pero no quiere ni oír hablar de sentarlos en el consejo de ministros, aunque ya lo hagan en el pleno del Consell. Y no es que yo tenga el más mínimo interés en ver bajar a Iglesias del coche oficial ante el palacio de la Moncloa con la cartera de ministro pero hay que admitir que si la coherencia es un valor, ni el PSOE en general ni Sánchez en particular andan sobrados de dicha cualidad. Un déficit que, también es casualidad, comparte con el que ahora mismo pasa por ser su enemigo acérrimo, Albert Rivera, heredero del «no es no» en el que el hoy presidente cimentó su regreso a la secretaría general y su posterior asalto a la Presidencia. El eurodiputado Javier Nart se lo volvió a echar en cara en una entrevista de 'La noche en 24 horas': «Nosotros (Ciudadanos) nacimos con el objeto de que España no dependiera de los separatistas, para que tuviéramos un gobierno estable, ni tampoco de los populistas». Este distanciamiento de sus postulados originales ya había sido puesto de manifiesto por algunos de sus fundadores, como Félix Ovejero o Francesc de Carreras, con idéntica escasa fortuna a la hora de hacer cambiar el rumbo de la nave ciudadana. Pero si le falta coherencia entre lo que defendía hace años y su estrategia actual, el líder naranja tampoco va muy sobrado a la hora de relacionarse con Vox, un partido con el que lo mismo es capaz de pactar en algunas comunidades como de descalificarlo por ser -en palabras de uno de sus dirigentes- «un regreso a la España de los años cincuenta». ¿Cómo se puede sentar alguien a negociar con una formación a la que ve como franquista, machista, retrógrada...? Y no tiene mucho sentido derivar responsabilidades a las direcciones regionales del partido cuando es público y notorio que Ciudadanos es una organización fuertemente centralizada, en la que las baronías -tan habituales en otras siglas- están muy mal vistas. Avanzaríamos mucho, en definitiva, y nos ahorraríamos volver a votar en noviembre con una buena dosis de coherencia.