Valencia 76

CÉSAR GAVELA

Parece que el verano favorece la memoria. Y la memoria más fértil suele ser aquella que se adentra en la infancia, también en la adolescencia y la primera juventud. Otro acicate para la memoria es el tiempo inicial en que empezamos a vivir en una ciudad. Lo que sentimos entonces deja una huella muy profunda y viva. Siempre que llega el mes de julio, sus últimos días, me acuerdo de aquella Valencia de 1976, a la que llegué un poco inesperadamente, siendo un joven funcionario. Aquella ciudad era muy calurosa, claro, y más soñolienta y provinciana. Y carecía casi totalmente de turistas. En ese punto no se parecía en nada a la actual, abrumada por esas bandadas de personas que la invaden cada día, por tierra, mar y aire. Que han convertido el centro histórico en un desfile de masas y que han liquidado la práctica totalidad del comercio clásico, el sabor local de negocios y mundos. No lo escribo con nostalgia; sencillamente es así. Tanto en Valencia como en todas las ciudades de Occidente que tienen atractivos grandes para el turismo, entre las que ya está Valencia. Que no estuvo durante muchos años. Esa Valencia frecuentada por el gentío turístico es hija del último lustro esencialmente, pero hunde sus raíces en lo que significó la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Es decir, muchos años después de la que yo conocí, tan con sabor a Franco y a Blasco Ibáñez a partes iguales. Siendo más sólida, creo, la vertiente blasquista. Tal vez porque en las urbes mediterráneas, no solo en Barcelona, aquel régimen castrense y ultraconservador tenía un campo peor abonado. El aura de Blasco, aunque más secreta, resultaba mucho más raigal.

La urbe me pareció pronto un lugar amigo de la libertad. Ya en el primer hostal donde me alojé, noté yo un intenso movimiento de hombres y mujeres de aspecto muy normal, nada estridente. Y en la oficina de Hacienda donde trabajaba, escuché conversaciones de mujeres de mediana edad que comentaban sus preferencias eróticas con una libertad insólita en las tierras del norte y del centro de España, las que yo conocía. También observé en aquel tiempo la fuerza del mundo del campo en Valencia. Que los sociólogos ya definían entonces como "la mayor agrociudad de Europa". Todo lo relacionado con los cítricos y con la zumbona sabiduría rural de los labradores tenía mucho predicamento en la urbe. Podría contar muchas más cosas, lógicamente se trata de un relato interminable. Que viene a verme en cada verano, y que me devuelve a una inocencia ojalá nunca del todo perdida. Una memoria que refunda un viejo trato con la ciudad, un amor misterioso. Porque cuando estoy lejos de Valencia varias semanas, la echo mucho de menos. Amigos, librerías, risas, tiempos. Incluso la melancolía. Y la luz. La luz, que es lo que termina atrapándote. La luz, que siempre es un camino hacia la alegría y hacia uno mismo.