LA VAGANCIA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La música del sector de los aficionados nunca se vio tan favorecida como durante los actuales tiempos. Sopla óptimo viento para las melodías banales. Esto se debe a las masacres de suflé de las redes. Ante el miedo a recibir ese sumarísimo fusilamiento, una masa importante se ha decantado por templar gaitas y afinar el violón, colocándose además de perfil al estilo de los duelos románticos pues así se ofrece menor superficie a la bala. Por eso, cuando de repente aparece alguien hablando claro, expresándose desde la correción pero con firmeza, ofreciendo sensatez, se organiza un alboroto que se agradece. Esto mismo sucedió la otra noche en La Sexta con el valenciano cirujano Cavadas.

Pedro Cavadas, en efecto, luce independencia total y se gana los garbanzos ejerciendo su profesión. No precisa, pues, doblar el espinazo para propinar jugosa coba al prójimo. Sin estar encadenado a intereses de diversos tipos dispone de libertad rotunda para opinar y, por suerte, cuando discursea quiero imaginar que algunos reflexionan frente a las olas de sentimentalismo barato y de emociones cursilonas que nos invaden. Demasiadas mordazas lastran numerosos pensamientos. Los de la farándula temen perder la subvención o, lo que sería peor, la bendición del tribunal progre; y los tertulianos necesitan el oxígeno de su pequeña tribuna de argumentario patrocinado. El médico de lo imposible muestra su desprecio hacia los maleducados, los mentirosos y los vagos. En este sentido Cavadas se transforma en una furia al estilo de Unamuno o Baroja pues denuncia esos males que sacuden a España desde hace muchas décadas. Me interesa sobremanera lo de los vagos, pues los adictos a la pereza, para excusar su perrería, alegan graves conspiraciones que sepultan su talento. Olvidan que, por ejemplo, a Cavadas nadie le regaló nada.