Sí, ya sé que resulta un poco duro empezar así, con sólo un nombre que a muchos no les suena de nada. Pero, en poco tiempo ya no nos resultará tan raro oírlo y no sólo nos resultará familiar, sino que sus decisiones van a afectar de verdad a nuestras vidas y familias.

Pues sí, Ursula von der Leyen ha sido elegida por el Parlamento Europeo como Presidenta de la próxima Comisión Europea el pasado 16 de julio y comenzará a ejercer sus funciones en noviembre. Su elección es muy relevante, tanto en un sentido sustantivo como en un sentido simbólico.

Comenzando por los aspectos simbólicos, es la primera mujer que preside una de las tres instituciones europeas más importantes, desde que Simon Veil, una francesa, superviviente del Holocausto, presidiese el primer Parlamento Europeo elegido por sufragio universal en 1979. Y esto tiene un extraordinario valor, no ya porque se haya cubierto un cupo femenino, sino porque ha sido elegida una mujer con una amplia y sólida carrera política, que se ha formado y destacado en un mundo difícil, tradicionalmente dominado por los hombres. En este sentido, no puedo dejar de destacar aquí que von der Leyen era, desde 2013, la ministra de defensa de Alemania, puesto en el que también fue la primera mujer en la historia de ese país.

Pero, además von der Leyen es una europea de verdad, en el sentido de que su trayectoria vital viene caracterizada por la transnacionalidad. Hija de un funcionario alemán de la primera Comisión, nació y se educó en Bruselas, en francés e inglés, y luego hizo sus estudios universitarios en Inglaterra y Alemania. Hoy, cuando los estudiantes universitarios pueden disfrutar del programa Erasmus de la UE y de un amplio abanico de becas internacionales, esto nos puede parecer normal, pero en la Europa de los años sesenta, setenta y ochenta, era algo absolutamente excepcional, una rareza al alcance de muy pocos. Y, sin embargo, esos pocos fueron los pioneros que abrieron el camino y desarrollaron el espíritu europeísta que hoy nos mantiene unidos.

Y von der Leyen ha sido elegida por el Parlamento Europeo tras una difícil negociación política conseguida en sede parlamentaria, lo que abre la puerta a una acentuación del carácter parlamentario del gobierno de la UE. Sí, ya sé que esto puede sonar paradójico, dado que la propuesta de von der Leyen para el cargo de presidenta de la Comisión se hizo precisamente alterando un mecanismo que se había introducido de manera informal en las elecciones europeas de 2014, por el cual el Consejo Europeo -que es como si fuese la jefatura del Estado de la UE- se comprometía a proponer al Parlamento Europeo -que, como en España, es quien debe aprobar la investidura del candidato a presidir la Comisión- al líder del partido más votado en las elecciones. Y ello se hizo así porque el Tratado de la Unión Europea exige que el Consejo Europeo, a la hora de proponer al candidato, ha de «tener en cuenta el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo». En 2014, el Consejo Europeo no tuvo problema alguno en mantener esta 'recomendación', dado que en aquel momento las elecciones las ganó con amplia mayoría el Partido Popular Europeo y su líder era Jean-Claude Juncker, un político con amplia experiencia de gobierno y que fue primer ministro de su país, Luxemburgo, durante varios mandatos. Además, el grupo socialista europeo tuvo también un buen resultado y, entre los dos, superaban ampliamente la mayoría absoluta de los votos en el Parlamento Europeo. Así, no fue difícil llegar a un acuerdo de coalición y a una distribución acordada entre los dos grupos de los cargos más relevantes de la UE.

Ahora, en 2019, las cosas resultaron de manera muy diferente. Las elecciones las volvió a ganar el grupo popular europeo, pero con una mayoría mucho más reducida y, además, los socialistas también redujeron su porcentaje de voto, con lo cual, la suma de las dos fuerzas no alcanza siquiera la mitad de los votos (sólo el 44,74%). Se hizo necesario ampliar la coalición e incluir en la misma al grupo de los liberales, ahora reconvertidos en 'Renew Europe', una fuerza controlada por La República en Marcha, del presidente francés Macron. Pero éstos exigieron un cambio en el candidato y poner uno de otra fuerza política que no fuese el partido popular. Y la exigencia no era del todo caprichosa, dado que el candidato popular, Manfred Weber, no tenía experiencia gubernamental alguna y carecía de las condiciones necesarias para tan difícil puesto.

Y así es como, tras una dificilísima negociación, el Consejo Europeo aprobó finalmente un paquete de candidatos para presidir las distintas instituciones, con representantes de las tres familias políticas, que incluyó a von der Leyen para presidir la Comisión, Charles Michel para presidir el Consejo Europeo, Josep Borrell para presidir el Consejo de Asuntos Exteriores y Christian Lagarde para presidir el Banco Central Europeo. Pero faltaba el voto de investidura del Parlamento Europeo, y aquí es donde surgió la mayor dificultad y, al mismo tiempo, donde se introdujo la primera inflexión hacia la parlamentarización de la política europea. Y ello, porque von der Leyen tenía el respaldo de los jefes de Estado y de Gobierno, pero no el de todos los grupos parlamentarios, y ni siquiera de la totalidad los miembros de los tres grupos que habían acordado su propuesta -populares, socialistas y liberales-. Esto le obligó a hacer una negociación con cada uno de los grupos parlamentarios y a hacer un intercambio de propuestas programáticas que se ha visto reflejada en lo ecléctico del programa político que la candidata presentó finalmente al Parlamento Europeo.

Y, sin embargo, sus votos fueron escasos. Von der Leyen obtuvo 383 votos, apenas 9 más que la mayoría absoluta requerida (374). Pero, además, sus votos fueron muchos menos que los diputados que reúnen las tres fuerzas políticas mencionadas (444), lo que quiere decir muchos miembros de estos grupos le negaros sus votos, alterando así la disciplina parlamentaria.

Y, este es el aspecto sustantivo de la cuestión, pues de esta negociación con los grupos políticos -más allá de la voluntad de los Estados-, ha salido un programa político para la Comisión Europea de los próximos cinco años que tiene un carácter netamente social, 'verde', feminista y, sobre todo, europeísta. Pues von der Leyen se ha comprometido fortalecer el proceso de integración europeo y a defender los valores de la Unión frente a los nacionalismos y populismos dominantes en algunos Estados.

Pero, quien ha salido más fortalecido de este proceso de designación de la señora von der Leyen es precisamente el Parlamento Europeo, cuyo papel político va a ser muy relevante en esta legislatura. Y ello, no sólo porque la nueva presidenta de la Comisión se ha comprometido a darle la potestad de iniciativa legislativa (¡hoy el Parlamento Europeo no la tiene!), sino porque la mayor atomización de la representación política le va a obligar a negociar con los grupos parlamentarios la práctica totalidad de sus propuestas. Claro que, si éstas van en la línea de su programa político, va a tener su mejor respaldo precisamente en el Parlamento Europeo, y no en el Consejo Europeo que le ha propuesto para el cargo. ¡Mucho ánimo, doña Ursula!