Las urgencias de Sánchez

El presidente necesita ganar las elecciones y todo lo que plantea está centrado en ello

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Quien se acerque a los proyectos que está planteando Pedro Sánchez en lo poco que lleva en el gobierno tendrá la sensación de cierto ahogo. Todo es urgente. Todo tiene prisa. Pareciera que con Sánchez, España hubiera salido de una parálisis política de meses. Como si de pronto hubiéramos vuelto a marzo de 2016, cuando quiso ser presidente pero no obtuvo los votos necesarios para la investidura. Entonces, la legislatura acabó en un suspiro y el país estuvo con un gobierno en funciones durante casi un año. La urgencia, en esos momentos, hubiera sido percibida como algo natural dado el retraso político de la legislatura fallida. Sin embargo, ahora, con un gobierno que tiene que tomar contacto con la realidad del país, no hay modo de justificar las prisas. O sí.

Hay dos factores que las explican y ninguno es el interés general. El primero es la falta de una mayoría sólida. La pequeñez del grupo socialista, en términos cuantitativos, invita a no confiar en los debates parlamentarios y la obtención de apoyos que pueden perturbar la línea del gobierno y, sobre todo, ponerle en evidencia. Así, el modo de gobernar es el decreto ley, definido precisamente por el carácter extraordinario y urgente de lo regulado en él. Nada de lo planteado por Sánchez tiene esa condición: ni la renovación de RTVE, aunque sea ya perentoria ni la reforma de la LOMCE, aunque tenga aspectos polémicos o la exhumación de Franco, aunque el cierre del capítulo franquista debía haberse producido ya hace décadas. Ninguna decisión responde a los requisitos exigidos para el decreto ley y, de hecho, cuando en otras legislaturas la derecha ha echado mano de él ha sido tildada de autoritaria porque con eso evitaba el natural debate parlamentario. Voces que ahora, por cierto, permanecen en un sorprendente y vociferante silencio.

El segundo factor está relacionado con esa falta de mayoría. La verdadera urgencia de Sánchez no está en el interés general sino en el particularísimo de su horizonte electoral. Aunque todos los políticos gobiernan para sus urnas (las futuras, no las presentes), un presidente no elegido ni apoyado por la mitad de su partido, entre otras razones, por haberle arrastrado a los peores resultados de su historia, depende del carácter plebiscitario de la próxima jornada electoral. Sánchez necesita ganar las elecciones y todo lo que plantea está centrado en ello. Así se explica que haga guiños a la izquierda, que saque a pasear el Concordato, que reniegue de la enseñanza concertada, que amague con ilegalizar a los nostálgicos del franquismo o que proclame a los cuatro vientos que perseguirá a los ricos. Es su forma de contentar a quienes buscará para mantenerse en el poder y para cavar una profunda fosa entre él y el centroderecha. De nuevo vuelve a olvidar que el PSOE, cuando ha gobernado con una gran mayoría, lo ha hecho comiéndole terreno al centro, no huyendo hacia el extremo.

 

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