LA UNIVERSIDAD GRATUITA NO ES BUENA IDEA

LA UNIVERSIDAD GRATUITA NO ES BUENA IDEA
PABLO ROVIRADELEGADO DEL PERIÓDICO MAGISTERIO EN LA COMUNITAT

Es la nueva promesa de las administraciones educativas: la universidad gratuita para todos. Por ahora, la idea no ha pasado de compromiso electoral. De Pedro Sánchez y de Ximo Puig. En esta España de las autonomías, hasta para prometer hay solapamiento de competencias.

El Ministerio de Educación estudia la viabilidad de la medida. Calcula que ésta costará 500 millones solo para el primer curso. Para todos, la cosa rondará los 2.000 millones de euros. No es poca cosa. Si comparamos, las recién convocadas becas universitarias del Ministerio tienen un presupuesto que no llega a 1.500 millones de euros. Como se ve, pues, la promesa significa doblar, al menos, el presupuesto para financiar las tasas.

La gratuidad de las tasas universitarias tiene tres planos de debate. No está de más recordarlos, para no caer en el automatismo de la educación española de que si se inyecta más dinero la valoración es acríticamente positiva. Es la receta exitosa de las promesas electorales, la suma de euros más titularidad pública da igual al aplauso siempre que el resultado tienda a gratis.

El primer plano es el autonómico. Como he dicho, la gratuidad de las tasas las ha prometido Sánchez, que es el gobierno central, y Ximo Puig, que es el autonómico. También lo estudia Castilla-La Mancha y ya lo aplica, más o menos, Andalucía. Eso en cuanto al coste cero, pero en cuanto a lo que cuesta la universidad, cada autonomía tiene sus precios. Las hay más caras y más baratas. De nuevo, por tanto, es pertinente la reflexión sobre por qué la universidad cuesta diferente en cada territorio. Unas diferencias que no se justifican por razones educativas, ni siquiera económicas, sino más bien a las cuitas en las políticas locales. En el momento en que la gratuidad es universal en una autonomía, pongamos Andalucía, significa que la universidad es gratuita para un alumno andaluz con posibles mientras que un valenciano sin recursos requiere acceder a becas para poder estudiar. En un contexto de distrito único universitario, además, los impuestos locales financiarán los estudios a alumnos que en su territorio no los paga. Se entra así en unos agravios que no modernizan nuestra universidad ni las hace más social porque las decisiones parten más de los privilegios de la financiación autonómica que de la justicia de la medida.

Y es aquí donde entramos en el segundo plano del debate que es el de la financiación autonómica. La carrera de las promesas y de las nuevas líneas de ayudas presupuestarias educativas (las tasas, las becas de comedor, etcétera) avanza mientras la negociación de una nueva financiación autonómica se estanca. Y aquí la Comunitat tiene las de perder mientras sigamos prometiendo sin ingresar. No podemos pretender dar los mismos servicios que el resto sin los mismos ingresos que el resto. Por un tiempo, en ello estamos, podemos gastar sin mirar atrás, pero esto solo alimenta una bola presupuestaria que en algún momento se nos echará encima... de nuevo. La educación valenciana necesita ese nuevo acuerdo sobre la financiación autonómica y no basta hacer como que no existe la necesidad, ni basta denunciarlo pero actuar como si ya contáramos con el dinero.

Porque el dinero, el presupuesto, es un bien finito y aquí entra el tercer plano de reflexión que es la conveniencia de la medida. La gratuidad universal no es una buena medida. La crítica suele quedarse en que muchos universitarios pueden pagar las tasas por lo que ese dinero podría destinarse a financiar otro tipo de necesidades, ya sea de los universitarios que no pueden pagarlas (para financiar otras necesidades asociadas a los estudios que no sean las tasas) ya sea para financiar otras necesidades educativas como la Educación Infantil o las becas de comedor. Pero la principal desigualdad no se da entre universitarios, sino entre universitarios y no universitarios. En la universidad estudia el 40% de los jóvenes, esto significa que el 60% que no lo hace financia a los primeros y esta mayoría, a largo plazo, tendrá menos oportunidades. Es decir, que los menos favorecidos del futuro pagan los estudios de los más favorecidos del futuro (resumiendo mucho).

Eso sí, en el debate se ha impuesto la cordura de hablar solo de primeras matrículas, o de permitir la gratuidad a quien apruebe todo el curso. Es buena idea, a cambio del dinero de todos, exigir que el beneficiario se tome en serio sus estudios.