Unamuno y las contradicciones

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

No deja de ser llamativo que uno de los rasgos que se señala como diferencial al realizar una semblanza de Unamuno sea su pensamiento y comportamiento contradictorios, como si ese no fuese un atributo común entre los mortales. Otra cosa es que nos atrevamos a exhibir y asumir sin rubor esas contradicciones, que las compartamos con naturalidad y que las aceptemos en los demás sin que eso levante suspicacias. Resulta complejo -alguna excepción habrá- caminar por la vida manteniendo una forma de actuar inquebrantable y con opiniones que nunca varían, por encima incluso de acontecimientos que no podemos controlar.

El escritor vasco basó gran parte de su obra precisamente en estos choques eternos, en las constantes dudas que le iban surgiendo según los sucesos a los que se enfrentaba. Él mismo se definió -a pesar de su horror por las definiciones, que comparto- como un hombre «de contradicción y de pelea». «Como de sí mismo decía Job: uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida», apuntaba en 'Del sentimiento trágico de la vida'.

Me he pasado media vida ponderando las contradicciones, no he tenido más remedio. Me asombra que hayamos construido una sociedad en la que estén mal vistas. Hemos aceptado unas reglas del juego que condenan los cambios de parecer o la posibilidad de echarse atrás. Esto supone que si uno es de un bando sea imposible que se mude a otro o, al menos, que comparta puntos con el contrario. Y exige además ser fiel a un criterio inamovible sobre cualquier tema. Y así nos va. En particular y en general. Por ejemplo, en este proceso electoral en el que vivimos inmersos en los últimos años no estaría mal que más de uno hubiese reconocido sus contradicciones, que esto hubiera desembocado en un debate y que gracias a él se modificasen posturas. Por contradictorias que pareciesen.

¿Complicado? Claro. Ya lo decía Unamuno: «se me dirá que ésta es una posición insostenible, que hace falta un cimiento en que cimentar nuestra acción y nuestras obras, que no cabe vivir en contradicciones, que la unidad y la claridad son condiciones esenciales de la vida y del pensamiento».

A Unamuno ha venido a reivindicarlo Amenábar con su último trabajo. Lástima que el resultado le haga poca justicia (las escenas del sueño del escritor me quitan el sueño a mí). La película peca de artificial y de poco emotiva, presenta unos personajes que caen en lo grotesco y presume de una equidistancia que no le sienta demasiado bien. Con todo hay que destacar el olfalto del director, porque al filósofo vasco conviene revisarlo siempre y más en estos tiempos actuales de Españas divididas. Entre las muchas carencias que tenemos está la de contar con personalidades públicas que se atrevan a plantear dilemas, a lanzar preguntas en lugar de tener respuesta para todo.