EL ÚLTIMO REFUGIO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Para formar parte de aquella banda de rudos motoristas se necesitaba estómago de opositor y temple de acero. Te sometían a todo tipo de pruebas, euhh, digamos alternativas, y sólo si las superabas tras varios años conseguías los colores de ese motoclub. Conocí un tipo que apechugó con aquella peregrinación y recuerdo cuando, radiante, me visitó con la anhelada cazadora que lucía el emblema de su nueva familia. «Bueno, ¿y ahora qué?», le pregunté. Permaneció pensativo unos instantes. Nunca olvidaré su respuesta: «Ahora... No sé... Pues ahora supongo que a huir de la policía...».

Observando los millonarios, espesos y presuntos chanchullos de los chicos del caso Erial, capitaneados, presuntamente otra vez, por Zaplana, no veo tanta diferencia entre aquel conocido mío y estos caballeros: el futuro de ambos pasaba por huir de la policía. Pero existe una diferencia fundamental... Se refugiaba aquel motorista en la infantil y romántica (el romanticismo siempre es infantil) ilusión de convertirse en un fuera de la ley, o sea en abrazar el bando de los marginados que funcionan a su aire tejiendo sus trapicheos de tres al cuarto, sus tráficos de supervivencia; la de estos políticos presuntamente manguis consistía en situarse por encima de la ley, o sea militando en el bando de esa repugnante y falsa raza superior que cree manipular la ley a su antojo y según su interés, y encima dando lecciones de moral y ética al prójimo. En el primer caso uno observa literario y fordiano perfume de forajido de western cabalgando en la eterna tierra de nadie, en el segundo uno detecta insoportable tufo de codicia, de avaricia, de mezquindad. Huelga decir que al motero le perdono con mucha mayor facilidad. No robó la pela del contribuyente aunque también vivió una temporadita a la sombra. Vamos, todo presuntamente.