La última opresión

La última opresión
Biel Morro
BRUNO FERNÁNDEZ TERRASA

Las almas no son enérgicas, pero las costumbres son dulces y las legislaciones, humanas. Si no hallamos abnegaciones admirables ni virtudes demasiado elevadas, resplandecientes y puras, sí que hay hábitos ordenados, la violencia escasea y la crueldad resulta prácticamente desconocida. La existencia del ser humano se hace así más duradera, y su propiedad más segura». Así describía Alexis de Tocqueville en su obra 'La democracia en América' ese mundo cambiante que le había tocado vivir y observar, el de la Europa Occidental postrevolucionaria y la América independiente de mediados del siglo XIX; un mundo en el que, caído el Antiguo Régimen, amanecían esplendorosos los «siglos democráticos». En ese mismo ensayo, no sin cierta amargura resignada, certificaba la predilección del ciudadano nuevo por la igualdad antepuesta a su libertad individual. El normando, por último, advertía de los peligros que se derivaban del descuido de la democracia como «una cultura y una moral» y de la falta de instrucción y sacrificio del pueblo que lo atesora: el triunfo «de los rufianes» que pretenden destruirla y el consecuente derramamiento de sangre.

Si alguna característica adorna la obra de este noble filósofo, antítesis de las teorías colectivistas, es su sorprendente capacidad para la predicción de contextos políticos, pues tanto la España actual como el resto de los países de su entorno geográfico y político encajarían casi a la perfección en el modelo democrático descrito en el primer párrafo. Estos se configuran como unos sistemas amables, casi lisérgicos y provisores de los bienes básicos que, en contraprestación, exigen la renuncia parcial de la libertad individual: una existencia plácida a cambio de un gregarismo militante. Y, sin embargo, vivimos tiempos en los que buena parte de la sociedad vive angustiada y perseguida por una opresión fantasma, una opresión teórica ejercida por el sistema neoliberal globalista a través su fiel vasallo local, nuestra Monarquía parlamentaria. Este espectro no es más que una construcción teórica y psicológica del marxismo, ahora transmutado y diversificado en unos formatos adaptados a la realidad del decaimiento de la lucha de clases: ecosocialismo, feminismo radical, movimiento LGTBI, asociacionismo civil o el propio catalanismo valenciano. Este neomarxismo señala como objetivo supremo de su itinerario político la sustitución de un sistema por otro.

Pero centrémonos en una de esas nuevas formas, el catalanismo valenciano. Es complicada la datación exacta de la comunión inextricable entre el marxismo más o menos radical, más o menos venido a socialdemócrata, y el nacionalismo valenciano subsidiario del catalán. Sí que podemos afirmar que esta sociedad de intereses dio como resultado político en el tardofranquismo al PSPV, o a Compromís y Unidas Podem más recientemente. Nos resta, para llegar a cierto entendimiento de este fenómeno, acudir a la revisión de ese postulado leninista que propugna la coadyuvación comunista en el desarrollo del derecho de autodeterminación de los pueblos oprimidos como herramienta de propagación oportunista de su internacionalismo. Pero, en el caso valenciano, ¿es cierto que prevalece esa opresión tan cacareada por los propagandistas? Rotundamente no. Los valencianos, a través de sus instituciones de autogobierno de representación indirecta, vienen ejerciendo, desde la autoliquidación del franquismo, la plena libertad competencial, incluidas la cultural y lingüística, dentro de un marco común constitucional tremendamente descentralizado, flexible y relajado. Es curioso que esas mismas instituciones de representación indirecta, en una relación contractual sistema-antisistema, han ido insuflando a lo largo de las últimas décadas vida y vigorosidad a una, no la única, de las tangibles y últimas opresiones que sobreviven a nuestro turbulento pasado: el catalanismo. Incurriríamos en un histerismo hiperbólico si situáramos a esta opresión al nivel de aquellas de los grandes sistemas totalitarios, pero incurriríamos también en una omisión dolosa e irresponsable, algo recurrente en la actualidad, si calláramos y no desvelaramos el concurso de algunos de los instrumentos que le son esenciales al sistema opresor para alcanzar su propia efectividad: la capacidad legislativa y sancionadora del Estado -las comunidades autónomas lo son- y un grandísimo aparato institucional de manipulación psicológica que incluye la educación primaria, secundaria y universitaria y el control directo, o indirecto a través de un entramado de subvenciones, de los medios de comunicación social o del tejido asociativo. Es cierto que en el caso valenciano observamos ciertas singularidades como son la colaboración accidentalista del centro-derecha regional, la contraposición ideológica con la propia matriz nacional-católica catalana o la ausencia casi total, casi, de violencia física o un estado larvario de ésta. Nuestro catalanismo local oprime y manipula disfrazado a su vez de oprimido o víctima desde el propio poder y se desarrolla como las patologías autoinmunes: destruyendo lentamente los tejidos propios.

Que en estos días se le hiciera un reproche público al estudiante torrevejense, por tanto castellanoparlante, que obtuvo la mejor calificación de las pruebas de acceso a la universidad de España por no expresarse en «valenciano» (catalán) en una entrevista concedida a la televisión pública À punt, no es más que la punta del iceberg que asoma de un sistema opresivo que avanza en la imposición del unilingüismo como un paso intermedio a la construcción de los «países catalanes»; una acción más de guerrilla de esa tropa catalanista que ha ido engrosándose gracias a la ingeniería social institucionalizada y, sobre todo, al silencio de unos ciudadanos y de unos agentes sociales, económicos y políticos, paralíticos todos ellos, que no oponen resistencia a estos aviesos «rufianes tocquevillianos» que amenazan nuestra democracia, libertad e identidad.