Por Tutatis

Uno, cuando jura, lo hace por lo más sagrado. Eso es un juramento. Y allá cada cual por lo que, interiormente, considere sagrado

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Estoy deseando que alguien jure por Tutatis cuando le toque asumir un cargo. «¡Por Tutatis!» es la expresión que emplean Astérix y Obélix ante cualquier sorpresa, apelando al dios celta de le guerra y acompañando a menudo su juramento con un «¡están locos estos romanos!». Hay que reconocer que toda la frase vendría muy bien en algunos momentos de nuestra vida política, no solo por apelar a un dios ignorado y antiguo sino también por mostrar estupefacción cuando nos encontramos con actitudes un tanto peculiares por parte de otras tribus distintas a la nuestra. Así lo hacen los galos más famosos del cómic mientras los romanos creen que los bárbaros son los de la aldea irreductible. Tutatis apenas sería cuestionado a pesar de su absoluta desvinculación de nuestro entorno, historia y penurias. Sin embargo, otras deidades y otros referentes personales a los que convocar en una mañana de asunción de compromisos parece que no son tan bienvenidos.

Jurar por Dios y por España, como hicieron ayer los de Vox en Les Corts, no tiene más inconveniente que la incomodidad que para algunos supone ver una biblia y una estampa en un hemiciclo contemporáneo español. Jurar por Dios se suma a otras fórmulas elegidas anteriormente por parlamentarios de legislaturas anteriores u otras cámaras, como el famoso «imperativo legal» o la Pachamama. En cualquier caso, empezar con estos exhibicionismos que nadie ha pedido es colorista, vistoso pero totalmente innecesario. Uno, cuando jura, lo hace por lo más sagrado. Eso es un juramento. Y allá cada cual por lo que, interiormente, considere sagrado. No hace falta que lo comparta con los demás; puede quedarse en la intimidad. Lo curioso, sin embargo, es que quienes han hecho uso hasta ahora de ese minuto -literalmente- de gloria para hacer su alegato particularísimo, se quejen hoy porque otros escogen alegatos distintos. Como si los hubiera legítimos e ilegítimos. Por mucho que la frase suene a tiempos de caverna, no hay nada ilegal ni inmoral en ese juramento. Y, posiblemente, para quien lo hace no hay tampoco nada más sublime. Como la Madre Tierra para los ecologistas.

Sucede lo mismo con la advertencia del presidente de la Cámara respecto al riesgo de convertir el lugar de la representación ciudadana valenciana, en un plató de debate postconcurso. El show no es de ahora ni lo introduce Vox en Les Corts; comenzó en tiempos de camisetas, piedras con frases bíblicas o, in illo tempore, naranjas y otras performance. No es un invento de la derechona ni es más criticable en su caso que en otros que suenan más modernos. La caspa no invalida el juramento; lo que realmente lo neutraliza y desnaturaliza es incumplir lo prometido ante tamaño avalista. Por eso, dada la tendencia a olvidar programas y promesas, más le valiera a alguno jurar por Tutatis. Posiblemente éste le demandara menos que Dios, la Patria o la Virgen de Medjugorje.