Turistas somos todos

Que no se nos engañe con que la tasa turística recaería sobre 'otros'

CARLOS FLORES JUBERÍAS

La de instaurar entre nosotros la llamada 'tasa turística', -que un verano sí, otro también, pone sobre la mesa Compromís; y un otoño sí, otro también, deja para más adelante el PSPV-, constituye una idea redonda. De entrada, nos catapultaría a la vanguardia del ecologismo más progre, que ve en el turista que acaba de bajarse de un avión una genuina amenaza a la sostenibilidad del planeta, al que si no es posible eliminar, sí es legítimo al menos desplumar. Adicionalmente, lanzaría un guiño al nacionalismo más recalcitrante, que ve en el guiri que degusta embelesado su paella con guisantes una amenaza a nuestra identidad más profunda. Y de propina, proporcionaría una interesante fue de ingresos a las administraciones públicas, con el incentivo adicional de que saldría de los bolsillos de quienes no están en condiciones de protestar, ni mucho menos de votar.

¿Una idea redonda? Pues tal vez no tanto. Allá donde ha sido aplicada, la tasa turística no grava al turista por el mero hecho de serlo. Vaya: no implica la puesta en marcha de una especie de policía turística, dedicada a interceptar a sujetos de tez sonrosada, sandalias con calcetines, y cámara en ristre, para una vez comprobado su pasaporte exigirles el pago de una tasa antes de proseguir con su visita, sino que se contenta con gravar las pernoctaciones en los hoteles imponiendo el pago de una tasa fija o proporcional a quienquiera que se aloje en ellos. Naturalmente, sin distinción alguna -que sería ilegal a la luz del Derecho europeo- por razón de su nacionalidad, ni indagación alguna -que sería inconstitucional a la luz del Derecho a la intimidad- respecto de los motivos de su visita.

Dicho en otros términos: que tanto Vd., querido lector, como yo tendríamos que apechugar con esta tasa cuando viajáramos a Elche para la boda de un primo; o a Vinaroz para acompañar al abuelo en los últimos momentos de su vida; mientras que se libraría de ella el mochilero australiano que visitara Valencia pernoctando en casa de unos amigos, o el estudiante de intercambio que lo hiciera en casa de una familia de acogida. Que pagaría esta tasa el empresario madrileño que viniera a Castellón a montar una empresa en nuestra propia tierra, o el estudiante sevillano que pasara unos días en Alicante realizando unas oposiciones; mientras que se librarían de ella los jubilados de Tarragona que viajaran en autobús para pasar el día en Morella, o los millonarios holandeses que se bajaran de su velero para degustar una mariscada en la Malvarrosa. O, sencillamente, que la pagaríamos cada vez que deseáramos visitar nuestra propia tierra, igual que si fuéramos extraños en ella.

Y es que, gracias a Dios -y al desarrollismo, turistas somos -o podemos ser- todos; y por muchos -y muy buenos- motivos, la Comunidad Valenciana es el principal destino de nuestras salidas. Algo que convendría tener claro cuando se nos quiere volver a engatusar con esta idea supuestamente redonda.