Turismo rural sin cacas ni cacareos

Los pueblos aprueban con la mejor intención ordenanzas que acaban condenando las campanas o el canto del gallo

VICENTE LLADRÓ

No es la primera vez que ocurre, pero en esta ocasión el escándalo ha sido mayor. El propietario de un pequeño gallinero doméstico en un pueblo de Asturias ha sido condenado a cerrarlo al considerarse que los animales molestan al vecindario. Otras veces se denuncian las campanas o los toques del reloj de la torre.

Ha sucedido en Soto de Cangas, cerca de Covadonga. La actividad del corral fue denunciada por el dueño de un hotel de al lado, de los que se autodenominan de turismo rural, porque las doce gallinas y los dos gallos montaban, supuestamente, un ruido excesivo que, según aseguró al juez, molestaba a sus huéspedes y le espantaba clientes. Y como el juez aceptó la prueba de los decibelios del cacareo y vio que se rebasaban los niveles máximos de la ordenanza municipal, ha sentenciado que el gallinero ha de retirarse de su ubicación actual para no molestar al vecindario turístico.

Como la sentencia no es firme, porque el afectado la ha recurrido, el gallinero sigue en su sitio y se supone que estará siendo foco de renovada atracción para visitantes, ávidos por comprobar el morbo de este tipo de situaciones tan peculiares.

Entre tanto, un pastor de la zona ha lanzado por las redes sociales sus reflexiones sobre el caso, criticando a quienes acuden al medio rural atraídos por imágenes bucólicas y esterotipadas, para acabar quejándose de las cacas de las vacas, los cantos de los gallos y el ruido de los tractores.

Tiene toda la razón el ganadero Nel Cañedo cuando plantea: «Cuando vas a Madrid o a Oviedo, ¿se te ocurre ir al dueño del hotel a protestar porque meten ruido los coches o pasan los camiones de la basura a las dos de la madrugada? (...) Entonces ¿a qué venís a a un pueblo a hacer turismo rural..., que encima lo llamáis turismo rural...?»

Sin embargo el virus de la contradicción está más enraizado de lo que podemos imaginar. Porque el juez no sentencia el cierre del gallinero de autoconsumo familiar porque se le ocurra, sino porque hay una ordenanza del ayuntamiento de Cangas de Onís que regula los decibelios máximos que se deben soportar y el del hotel se encargó de medirlos cuando los gallos cantaban al amanecer, para mostrar con las mediciones oportunas que se infringía esa normativa. Es como tantas veces ocurre: una sentencia nos parece absurda, porque lo que ha resultado lo es en realidad, pero el caos lo provoca una normativa que nació absurda y que un juez no tiene más remedio que aplicar. ¿No les gusta?, que la cambien. La cuestión es qué pinta una ordenanza antirruido en un municipio de los Picos de Europa que promueve el turismo rural y a la vez considera que el canto del gallo es molesto. Y por otra parte, qué pinta un turista urbanita en un pueblo si lo suyo está en Benidorm o Las Vegas. Por cierto, el establecimiento hostelero se anuncia 'con vistas a la montaña' y 'en plena naturaleza'. Naturaleza silenciosa, claro.