Turismo

La ciudad que no quiera vez que ha cambiado la forma de viajar, los objetivos e intereses, se está equivocando

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Lo podemos observar a diario: haciendo gala de una paciencia extraordinaria, compradores y vendedores del Mercado Central conviven con verdaderas riadas de turistas. Nada se puede oponer a la libre visita; pero no deja de ser un problema que se va a hacer relevante, según quiero suponer, en el debate que el portavoz Sergi Campillo abrió, hace pocos días, sobre si el modelo de autogestión del mercado por los vendedores está ajustado a derecho o debe ser revisado.

Un fenómeno característico de los últimos tiempos, la extremada baratura de los viajes aéreos, está haciendo que las ciudades de mayor atracción turística del mundo sean visitadas por enormes contingentes de nacionales y extranjeros. Así las cosas, las inmediaciones de monumentos, los cascos antiguos de ciudades, determinados barrios de vida nocturna, han dejado atrás sus alicientes para convertirse en lugares aborrecibles. Venecia ya es rechazada por quienes detestan pasear por un parque temático abarrotado; pero ya hay indicios de que París o Londres, Praga y Berlín, Barcelona y Madrid, ya tienen días punta en los que el viajero desearía haberse quedado en casa.

Para mayor gravedad, muchos viajeros jóvenes, sobre todo ingleses, buscan puntos especializados donde pueden dar rienda suelta a sus peores comportamientos. Aunque no dejan de ser excepciones en España, Magaluf, Sant Antoni o Lloret de Mar, viven verdaderos aquelarres donde las drogas y el alcohol terminan con la vida de algunos enloquecidos, en un clima impropio de una sociedad civilizada. El término «turismo basura» se está aplicando ya para esos modelos deleznables.

Pero si las autoridades dicen que hacen algo en favor de la calidad, las cifras del turismo se encargan de desmentirlo. Durante 2018, Barcelona recibió a 15'8 millones de extranjeros; que dieron como resultado algo más de veinte millones de pernoctaciones oficiales. Valencia recibió a 2'4 millones.

Que nadie quiera ver en estas reflexiones un asomo de rechazo. Pero es evidente que gestionar el movimiento de diez personas no requiere el mismo esfuerzo, la misma estrategia, que hacerlo para diez mil. La Valencia que en 2007 soñaba con alcanzar el millón de visitantes, dobla con creces el sueño. Los aeropuertos han tenido que cambiar para administrar llegadas de aviones de 500 plazas y los puertos invierten para gestionar la bajada a tierra simultánea de 5.000 personas, el equivalente a cinco batallones de Infantería. La verdad es que en poco más de una década y, a pesar de la crisis, se ha doblado el número de viajeros al tiempo que cambiaban sus características en lo que se refiere a edades, consumo, estatus social, objetivos y... grado de educación.

El resultado es que la ciudad que no quiera ver todo esto con claridad, la ciudad que no se apresure a estudiar bien su futuro y tomar decisiones estratégicas, está perdiendo el tiempo, seguramente tira el dinero y es de temer que tome caminos equivocados.