Trump, Irán... e Israel

El boicot a la compra de petróleo iraní obedece al deseo de la Casa Blanca de agradar a Arabia Saudí y al lobby judío

ENRIQUE VÁZQUEZ

La tradición según la cual el petróleo es una mercancía antes política que energética, alcanza un nivel sin precedentes bajo la Administración Trump, que ha ordenado un boicot absoluto a las compras de petróleo iraní de China, India, Turquía o Corea del Sur, por citar los más importantes. Washington estima que en ocho días caduca la moratoria que permitía la compra del crudo después de que la Casa Blanca abordara su política de sanciones puras y duras contra el régimen iraní tras abandonar el relevante acuerdo aceptado como un éxito del mundo entero con Teherán, que puso su programa nuclear bajo la estricta vigilancia de la Agencia Internacional de Energía Atómica y dio así una garantía comprobable de que no llevaba a cabo un proceso clandestino de fabricación de armas atómicas.

El acuerdo, firmado en julio de 2015, fue descrito como el mayor éxito de la comunidad internacional en el trabajo hercúleo de detener la proliferación nuclear. La Agencia Internacional de Energía Atómica mantiene su control estricto desde entonces y todos sus informes confirman que la parte iraní está cumpliendo íntegramente sus obligaciones. Todo esto fue parte de la herencia de la Administración Obama y juzgado unánimemente como un hecho trascendental y esperanzador... pero el Gobierno Trump lo abandonó en mayo del año pasado sin poder aportar la menor falta del Gobierno iraní.

El lector ya puede suponer a estas alturas que, en realidad, se trata de agradar a algunas potencias árabes, Arabia Saudí en cabeza, y, sobre todo, aunque nunca se diga, al socio israelí. Israel mantiene desde hace muchísimos años una fuerza nuclear clandestina y, sobra decirlo, no ha aceptado nunca el menor reproche por no hablar de inspecciones por parte de la AIEA. Lo anunciado ahora lo es a petición de parte, es decir, del socio israelí y a través del lobby judío-sionista en la Casa Blanca, omnipresente y omnipotente.

Esta carrera sin fin en favor de los intereses de Israel va a conocer sin tardar mucho otro hito. El yerno de Trump, Jared Kushner, debe presentar muy pronto el plan para resolver en términos territoriales la cuestión palestina. Y ya se puede adelantar que el proyecto no sólo será inaceptable para la opinión árabe y los palestinos directamente afectados, sino que pondrá en dificultades políticas a los regímenes que, como el saudí, otrora un campeón de la causa palestina, se unen al diseño trumpista-sionista desde el criterio de «todos contra Irán», el nuevo Estado fuerte en la región, cuyo papel en la crisis siria ha resultado crucial y que, vía Hizbollah, mantiene en Líbano una fuerza política, popular y militar considerable. En resumen: miopía política de la dinastía Saud y su príncipe heredero, con acceso directo a la Casa Blanca y amigo del joven Kushner. Un empeoramiento de la situación buscado por una Casa Blanca bajo control sionista. Así de sencillo.