LA TRIBU

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Enternece comprobar, en este cochino mundo vulgar y global plagado de egoísmos malignos, la inquebrantable fuerza de los lazos familiares. El blasón de la familia, más allá del pensamiento ideológico, actúa con la energía de la atracción lunar que domina las mareas de nuestros océanos. Entrañable, pues, el especial que vimos en este mismo papel la otra mañana respecto a la sagrada endogamia arácnida que orna nuestro Consell. Tíos y sobrinos, novias y novios, matrimonios, padres e hijas, hermanos y hermanas, primos y primas, en fin, todo el repertorio, ocupando y copando los cargos que se reparten como las sinecuras de antaño. Cuñados no vi, una pena que nos perdamos al clásico cuñadísimo que, atrapado en un entuerto, soltaba lo de «usted no sabe quién soy yo...». Tanto criticar a los pobres cuñados y luego no descubrí a ninguno en semejante entramado de linajes enchufados. Pero más allá de admirar las lealtades remuneradas con largueza de erario público, imprimidas por la sangre de nuestra sangre, entristece un pelín observar esa gran verdad que nos apunta la resistencia al cambio de costumbres. Aterrizaron los de ahora apelando los principios austeros y han multiplicado asesores y poltronas. También aseguraron que acabarían con la tradicional y pertinaz manía de colocar a los parientes, y tampoco han cumplido con este precepto. Sin duda, entre tantos beneficiados existen familiares de probado talento. Ya saben, lo de «mi sobrino está capacitado de sobra para este trabajo porque es persona de amplia cualificación». De acuerdo, pero en ese caso, si tan mañosos son, si tan hábiles son, si tan inteligentes y preparadísimos son, en la empresa privada, siempre a la caza de genios, se los rifarían y, además, con mejor sueldo. Pero no parece ser así. El poder no es sino eso, o sea favorecer a la tribu.