Tres Valencias

CÉSAR GAVELA

Una ciudad como Valencia, que viene de Roma y el mar, y que ha atravesado siglos, culturas, invasiones, mundos, imperios, reinos y milenios, es infinita. 1.700 años antes que los Reyes Católicos ya estaba Valencia en el mundo. Y apenas lleva dos siglos en la nación moderna, como el resto del país. Desde las Cortes de Cortes de Cádiz, bautismo cívico de la sociedad española. Que sigue viva y sólida bajo la Carta Magna de 1978. Aunque algunos crean que no.

Valencia son muchas ciudades, tiempos, huellas, anhelos. Pero la de ahora, tal vez, podríamos contarla hablando de tres. Muy resumidamente. Una es la Valencia de su idioma propio, el de la zona más poblada y costera de la antigua Corona de Aragón. Esa Valencia raigal, la que tiene su eje en la catedral, la vieja universidad, la Lonja y en un rosario de iglesias espléndidas y medievales, es la que sostiene a las otras dos. Es la Valencia que une el idioma de Ausiàs March con Roma y los árabes, con los visigodos y los fenicios, con un mundo también infinito. Y hoy día es, además, el solar histórico y vivo de una cultura agraria, docente, marítima y cristiana que aprende a ser moderna y lo consigue.

La segunda Valencia en vigor es la de los que vinieron después, la de los siglos XIX y XX muy especialmente, la de Blasco Ibáñez; y tiene sus mejores símbolos en la calle de la Paz, en el Mercado Central, en la estación del Norte, en el mercado de Colón... Valencia que también habla en castellano, una ciudad más cosmopolita y más unida al resto de España. Valencia española que lo fue tanto en los años en que era la capital de la República. Valencia de Antonio Machado y de Manuel Azaña. Pero también la Valencia de cada día de tantísimos de sus vecinos, la mayoría sin duda, la de quienes se sienten españoles y valencianos a la vez, aunque con diferentes gradaciones. Ciudad de Iberia y de la nación constitucional.

Y luego queda la tercera, la que el milenio nuevo ha despertado, aunque, en realidad, ya existía. Porque hace muchos siglos que la ciudad es tierra de promisión para muchos extranjeros que aquí se establecieron y fueron determinantes en su historia. Desde los inmigrantes malteses a los judíos o irlandeses. Esa Valencia está cambiando, es menos fija, es más movediza, pero no para de crecer. De involucrarse en las otras Valencias, de inventar su voz, de decirnos que nuestra ciudad cada día es más universalista, más europea, más extranjera, más abierta y más irreductible. Ni los de las esencias más localistas, ni los del españolismo de cartón piedra podrán con la tercera, la que está naciendo y de tantas maneras. Basta ver los barrios, el centro, los negocios nuevos, los viajeros, el bullicio de la vida que nos llega de fuera y que nos está transformando. Pues bien, las tres Valencias en realidad son una. En la que cabemos todos. Ni los políticos podrán con ella.