El trencadís de Hockney

MARÍA RUIZ

Hay un hombre en Mulholland Drive que dejó atrás hace años la bruma de Yorkshire para estudiar el efecto de la luz californiana sobre las piscinas, en concreto, sobre la suya.

Nunca ha jugado con el malditismo ni ha sido un artista atormentado. Las sombras en sus obras sólo son las que proyecta el sol sobre los objetos que dibuja en esa California mediterránea que le permitió desinhibirse desde joven y que le emborrachó de colores acrílicos vivos y brillantes. Aunque sigue siendo un británico en América.

A sus más de 80 años continúa asombrándose ante lo maravilloso que es contemplar un simple árbol. Uno que ha pasado antes por los ojos del artista que lo ha transformado con sus pinceles o con una aplicación de la tablet.

Lo más polémico que le ha pasado es que ha sido feliz. Y eso, para un artista que ha vivido los años mas agitados del siglo XX y los que llevamos del XXI es inconcebible. Su única militancia es el color. Y fumar. Fuma a todas horas porque «lo que mata es la vida». Así que quizás lo peor que se puede decir de él es que está considerado uno de los pintores vivos más influyentes del planeta. Y el más cotizado. Y el que ostentaba hasta el año pasado el dudoso honor de ser el autor de la obra más cara de un artista vivo. Algo que es más que posible que le haya dado igual después de alternar con Billy Wilder, Andy Warhol o Picasso.

Y como si eres inglés, has de manifestarte sobre el Brexit, los compañeros del mundo del arte le afean su ambigüedad al respecto por no pronunciarse contra él y rediseñar, sin embargo, la cabecera de 'The Sun', furibundo 'brexiter'. Él responde que «callen y pinten». Como pinta David Hockney, que seguramente sin saberlo, ha llenado de trencadís muchas de sus piscinas. Más mediterráneas todavía.