TRASVASE INSULTADOR

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Primero, el fresco olor a césped recién segado; después, cuando el partido alcanzaba proporciones guerreras, los insultos de grueso calibre que un señor de apariencia sosa derramaba contra el árbitro. Esas fueron las imborrables impresiones que se marcaron en la sesera cuando mi padre desvirgó mi inocencia futbolera al conducirme a ese partido en directo. No sé qué me impactó más, si aquel hombre mutado en basilisco o lo escandaloso de sus improperios. La otra tarde desearon la muerte del entrenador Marcelino y la de su mujer y los energúmenos se plantificaban a dos metros del técnico que, entre resignado e inteligente, prefirió mostrarse impasible. No mantuvo esa admirable paciencia el fogoso jugador Eric Cantona cuando, también desde la grada, alguien recordó a su familia y entonces saltó como un tigre propinando una patada voladora al estilo de Bruce Lee para lavar su honor mancillado. La explosiva personalidad de Cantona sufrió una fuerte condena, pero él se dio el gustazo al aplicar una legítima defensa algo desproporcionada. En el caso de Marcelino lo que me asombró fue el odio, el resentimiento, la maldad letal de los abyectos deseos. En los estadios se insulta al adversario, de acuerdo, pero dentro de un orden y según unas invisibles leyes que impiden cruzar determinadas fronteras. Los ataques racistas deben cortarse de manera fulminante, las amenazas de muerte también. En el viejo Mestalla siempre funcionó ese «¡burro, burro!» hiriente, ácido, pero dotado de cierta inocencia clásica. La virulencia de los insultos emitidos en el campo del Rayo Vallecano (podía haber sucedido en cualquier otra cancha) me recordó a la que mana desde las redes sociales que se amparan en el anonimato. Asistimos pues, a un trasvase de ira insultadora desde las redes hacia la vida real. Vamos mejorando...