El trastorno ideológico

Por eso ha regresado Smiley: después de todo su esfuerzo, ve un mundo trastornado y se lo llevan los demonios

VICENTE GARRIDO

No pude evitar sonreír al leer una de las declaraciones mediante skype del expresidente Carles Puigdemont, refiriéndose a las opiniones que le llegan de sus aliados para que deje de molestar desde su exilio dorado en la monárquica Bélgica. Acusado de poner por encima su ideología a las necesidades reales de gobierno de Cataluña, el fugado aseguró que «los diputados de Junts per Catalunya no sufren ningún trastorno ideológico». Es la primera vez que leo esta expresión para referirse a esta supuesta enfermedad, que en resumen consistiría en ser incapaz de adaptar el comportamiento a la realidad por efecto de una rigidez mental derivada de las convicciones ideológicas mantenidas.

Ahora bien, podríamos considerar si el «trastorno ideológico» merece un lugar propio en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que recoge todos aquellos síndromes reconocidos oficialmente por los psiquiatras y psicólogos clínicos. La última novela del gran John Lecarré, 'El legado de los espías', donde vuelve a aparecer el célebre personaje George Smiley, se hace eco del contagio de este trastorno por Occidente, de ahí que el célebre escritor asegurara que «el sueño que Smiley tenía era el de una segunda Reforma y de una Europa grande, pacífica y democrática. Pero es un periodo muy difícil con el 'Brexit', que detesto, y con Trump, al que también detesto. Estamos viendo a Europa, entendida como régimen democrático, atacada desde ambos lados del Atlántico, y eso para Smiley es difícil de aceptar», según reseña Álvaro Soto en su crónica para este periódico.

Puigdemont, sin embargo, tiene razón: la rigidez mental, el narcisismo, las convicciones supremacistas o excluyentes que buscan que los demás se conformen a las ideas propias no constituyen una patología, por más que Trump reúna varias en su persona, y cuyo último 'síntoma' ha sido denominar como «países de mierda» a aquellos que infectan su Gran América. Para estas acciones sustentadas por ideologías tóxicas tenemos desde hace tiempo reservadas otras expresiones que, aunque definen modos de ser y actuar dañinos, no apelan al diagnóstico psiquiátrico: fanatismo, racismo, supremacismo... todas acaban en 'ismo' y todas tienen en común lo siguiente: se está dispuesto a sacrificar los derechos de otras personas para defender un mundo donde lo que se cree es dogma incuestionable.

Es claro que hay ideologías más peligrosas que otras: el yihadismo, esa doctrina que promete el regreso del islam imperial mientras se asesina sin cuento y se destruye todo patrimonio cultural blasfemo, deja mucha sangre a su paso, y ya no menciono las grandes creencias genocidas del pasado siglo. Pero hay que estar vigilantes: hay grietas que pueden derrumbar una pared antes sólida. Por eso ha regresado Smiley: después de todo su esfuerzo, ve un mundo trastornado y se lo llevan los demonios.

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