Un trastero ordenado revela una vida vacía

Allí se encuentran los escombros de cada intento fallido de sobreponernos a la inevitable traición del tiempo

Un trastero ordenado revela una vida vacía
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Son los trasteros vestidores donde se quedan las pieles de serpiente secas que con la vida vamos dejando atrás. Cárceles para intimidades fósiles y enseres sin sitio, culpables por haber sido testigos de una felicidad que ya no sería lícito evocar o de alguna desgracia que resulta preciso olvidar. Y, tal que carceleros, en ocasiones, muy de vez en cuando, abrimos la puerta del trastero, encendemos la bombilla que cuelga del cable, y echamos un vistazo antes de entrar, con una mezcla de miedo, curiosidad y mala conciencia. Allí, enmohecidos y curvados por la humedad, se hacinan muebles, ropa, patines, raquetas de madera, adornos navideños, marcos sin cristal, pero con retrato, colchonetas y cosas así. Los decorados batidos de nuestras vidas anteriores. Incluso un test de embarazo y unas ecografías de cuando íbamos a ser papás. Escombros de cada intento fallido de sobreponernos a la inevitable traición del tiempo.

El día que muera, si mis hijos tienen la deferencia de entretenerse examinando la absurda colección de cosas que llenan mi trastero, antes de llamar a una oenegé que se lo lleve todo, es posible que, más allá de sorprenderse al encontrar sus propios trabajos escolares, nada les diga nada. Les faltarán los olores que van asociados a cada recuerdo, como el aliento a dulce de leche que exhalan las sábanas sudadas en cada fase de la luna de miel o el perfume de mi madre cuando salía a cenar con mi padre o el aroma masticable a pan reciente de mi infancia. Tampoco sabrán a quién están dedicados mis viejos cuadernos de sonetos, si sólo dicen: «Para tu cuerpo, por contenerte casi siempre». Las flores secas, tapones de champán, braguitas mordidas, gomas del pelo, posavasos de discoteca, botas camperas, cámaras de fotos de carrete o el bolso con forma de pez, simplemente, les parecerán restos inclasificables de un antiguo accidente aéreo. Y, en verdad, lo son. Del mío.

El sábado, Piluca y yo nos propusimos ordenar el trastero que nos une en matrimonio. Compramos estanterías y bajamos a la cripta con pantalones cortos. Hicimos tres grandes bolsas de basura, fueron para la parroquia sillitas y carritos de bebé, recompusimos decenas de cajas de libros y, al terminar, agotados, comprobamos que quedaba aún menos espacio libre que antes de empezar aquel desahucio de ruinas personales. Increíble. Al apagar la luz, los cachivaches se desdoblaron y se multiplicaron a nuestras espaldas ¿Cómo? Los muertos tienen su propia vida.

Son los trasteros el purgatorio de la memoria, una sala de espera intermedia entre el pasado huero y un futuro pasado, huero también. Internados para sueños hipermaduros, echados a perder. La sentina de una vida que parecía dedicada al amor. Si no estás en mi trastero es que nunca te he querido. En realidad, el trastero es lo más parecido al alma que llega a tener un tipo como yo.